viernes, 6 de junio de 2014

Maratona di Roma 17.03.2013

Roma Victrix¡

Ante diem XVI kalendas aprilis. Hora tertia. MMDCCLXVI ad urbe condita (16 días antes de la calendas del mes de abril. Hora tercera del año 2766 desde la fundación de la Ciudad)

         Para gustos se hicieron los colores...a estos les gusta el fútbol, a aquellos, el bar...a estas, la moda, a aquellas, el cafetito. Cada uno nace con su impronta, y la mía viene marcada por mi pasión por la Historia (sobre todo, la de Roma), los viajes y correr.

         Con estos mimbres, correr la Maratón en Roma más que un reto o uno objetivo, era un sueño. Tras muchos meses y años de preparación, el sueño se hizo realidad.

Y como nunca he creído en las casualidades, que la llegada a la Ciudad Eterna fuera un 15 de Marzo, fue una nueva señal. Los Idus de Marzo. 2057 años desde el asesinato de Julio César ante la curia pompeya. Para un profano, un dato, seguramente superfluo, pedante. Pero para mí, tras miles de páginas leídas sobre la Historia de Roma, fue el mejor augurio posible para los que han sido los días más felices en mucho tiempo.

Cuando desde el avión se divisaba el puerto de Ostia, con la desembocadura del Tíber, la máquina del tiempo empezó a bullir en mi cabeza. Las galeras romanas arriban al puerto trayendo los modius de trigo desde el granero romano, Egipto. La plebe ruge en los juegos gladiatorios, demandando del César su sustento. Pan y Circo.

Todo corredor sabe que ante pruebas de tanto esfuerzo como la maratón, lo normal, lo lógico, es descansar los días anteriores para estar con el depósito lleno en el momento de la salida. Pero, ¿quién se encierra en un hotel teniendo al alcance de unos pasos el pasado de toda nuestra civilización?.

Rumbo a la Feria del Corredor a recoger el dorsal, un grupo de nórdicos se nos pegan. Y digo nos, porque, ¡cómo no¡, mi compañera de batallas, mi medio pomelo, me acompaña una vez más, y esta vez con dos buenos amigos.

Pues eso, unos vikingos perdidos, se nos adosan a la mochila...como si yo fuera su cicerone. ¡Que equivocados estaban¡, cuantas vueltas dimos para dar con la Feria.

Recojo el dorsal, el 3047, la mochila (que más que mochila parece un saco de dormir), la camiseta técnica y a recorrer Roma. Tap tap tap, el sonido de unas bambas en el suelo resuenan...tic tac...tic tac....dos días, y a correr la maratón.

El día y medio posterior supuso la primera carrera, en este caso, por visitar la Roma imperial, la Roma renacentista, la Roma clásica, la Roma cristiana. Por muchas visitas que se hagan a esta sublime ciudad, siempre te quedarás a medias, el tiempo no da para tanto. Está por cumplir mi deseo de pasar unas largas vacaciones en Roma con mi Audrey particular. Recorrer cada piedra, cada recodo, cada monumento, impregnarme de Roma hasta el tuétano.

Coliseo, Foros Imperiales, Capitolio, Boca de la Verdad y Trastévere fueron los principales puntos del primer día. Primera noche y estoy tan cansado, que me quedó dormido al minuto de meterme en la cama...tic tac tic tac....la maratón al caer y no estoy haciendo los deberes.



Amanece un sábado radiante. Los manes, los lares y los penates, espíritus de los antepasados, nos regalan con un día espléndido. Y no perdemos la ocasión.

Repito, nunca he creído en la casualidades, así que, que dimitiera un papa por primera vez en 600 años y eligieran a otro en la semana de la maratón, con lo ello que conllevaba que la ciudad estuviera a reventar, dando todavía más vistosidad a nuestra visita, fue un punto y seguido a la épica del momento.

Y no podía faltar la visita al Vaticano. La visita a San Pedro te produce sensaciones encontradas de magnificencia y falsa pobreza; de grandeza y grandilocuencia; de verdad y falsedad. Pero lo que nadie puede negar es el culmen del arte renacentista que se respira desde la fachada hasta cada recodo de su interior.

Paseo al Castel Sant´Angelo, buena tirada de fotos y a recargarnos de hidratos de carbono. Pasta per tutti.



Por la tarde, tras la buena comida....nos faltó el helado de Gioliti, eh, Mercedes?...Piazza del Popolo, Jardines de Vía Borghese, Piazza de Spagna, Fontana de Trevi, Panteón y Piazza Navona fueron nuestras principales metas volantes.

Tras casi 12 horas sin parar, ya sé que en la maratón me tocará sufrir, pero, ¿quién puede resistirse a tan magnífica ciudad? ¿o a ese tráfico caótico y dominguero que te amenaza incluso en la acera? ¿o al estilo bullanguero de los romanos?....¡¡¡esto es Roma¡¡¡.

Si la noche anterior poco tardé en dormí, la presente fue visto y no visto.



17 de marzo. Seis y media de mañana, ha llegado el día que tantos meses, años, llevo esperando. Al fin voy a correr por las calles de la Ciudad Eterna. Recorreré los lugares donde se fraguaron el futuro, ahora presente, de nuestra civilización.

      Desayuno a dos carrillos. Cumplo con los ritos que tienen más de superstición que de necesidad.

Crema, aerosol, mi camiseta Correbirras de las grandes ocasiones, el reloj, el móvil para poder encontrar a mi medio pomelo cuando acabe y la música (si alguno piensa si llevaba a Gun N Roses, Iron Maiden o U2, pues se sorprenderá….llevaba una selección de las canciones que han ganado Eurovisión...verídico).


 

Ocho y cuarto, bajo por Vía de Cavour, tuerzo por San Gregorio y llego al Colosseo, no hay vuelta atrás, ni la quiero.

Callo, escucho y oigo las voces del pasado. Desde Julio César a Constantino el Grande. Desde Mucio Scevola hasta Trajano. Desde Rómulo hasta toda la pléyade de personajes que constituyeron y dieron forma a la capital del mundo, a la madre de todas las ciudades.

Los clavos de las caligae, el calzado de los legionarios, resuena en cada esquina. Los gritos de la plebe exigiendo diversión y sangre. Los atronadores bárbaros cartagineses a los pies de las murallas de la Ciudad. Los ecos del pasado acompañan cada paso, cada baldosa, cada esquina. Roma, historia pura. Cultura, derecho, tradiciones, legiones, idioma...la deuda con Roma es incalculable.

Ahora, desde la lejana Cantabria, un descendiente de los guerreros de Corocotta, viene a pasear el lábaro por tus calles. Tras dos milenios, Cantabria viene a conquistarte o a tus pies.

Atravieso las vallas, ya estoy dentro. Cientos, miles de corredores se agrupan en el breve espacio que queda. Sonrisas, nervios, ya da igual, si hemos hecho los deberes o no, y ahora si que pega, alea jacta est...la suerte está echada. Llamo a casa, quiero compartir con mis niñas Marta y Julia este sagrado momento. Estamos listos.

Por los altavoces se oye la banda sonora de mi película favorita, como no, Gladiator...la emoción me sube por la garganta. Una voz fuerte alienta a los corredores, ¡¡¡Gladiatori, Roma Victrix¡¡. La emoción me puede.

Empieza la carrera. Una vez mas asisto al rito que no por repetido, sigue sorprendiéndome.

En las primera zancadas, al paso de los foros imperiales...¡hola, Trajano¡¡¡...el Teatro Marcelo, el Campo de Marte, los gritos y las voces de los corredores son ensordecedores. Siempre, como un mecanismo de autodefensa ante el miedo que provoca la gesta, las hormonas mandan el mensaje de exteriorizar las emociones...habrá tiempo para callar.

Los primeros kilómetros se pasan rápido, demasiado. Tras atravesar la Puerta de San Pablo, empieza la realidad. Voy a recorrer 42 kilómetros, y no todos serán por los ecos del pasado.

Km 7, Ponte Maconi. Corremos por barriadas populares, de esas que hay por todas la ciudades, y como no, en Roma también.

La maratón, más que una carrera es un estado de ánimo. No solo cuenta el entrenamiento, el estado físico, también el cerebro. Por mucho que tu cuerpo esté en forma, si el cerebro no te apoya, estás perdido. Durante tantas horas de carrera se pasa del suelo al cielo en muchas ocasiones, y es ahí donde, cuando el seguir se pone duro, solo los duros siguen.

Km. 10 Ponte Testacio, demasiado pronto me viene las primeras dudas. Las largas avenidas junto al Tíber no me vienen bien.



Primera avituallamiento sólido del que hago uso. A partir de ahí, lo haré en todos, aunque al final, mi estómago me pasará una mala pasada.

Busco un objetivo a corto plazo. El Castel Sant Angelo está a 5 kms, a lo mejor veo a mi medio pomelo allí, dado que iba a ir a la Plaza de San Pedro. Me levanta la moral. Empiezo a adelantar corredores.

Banderas italianas, españolas, polacas, alemanas, estadounidenses e incluso, dos ikurriñas, pero llegado el km 15, no la veo. Venga, ánimo arriba. Miro el reloj y veo que voy en tiempo de batir mi marca, y así sigo al pasar la Media Maratón.

Los primeros síntomas del cansancio provocado por el día y medio anterior sin descansar me empiezan a castigar.

Km 27, cercano a Vía Borghese, empiezo el descuento. Ese punto en el cual el corredor ya solo ve los kilómetros que le quedan no los que van.

Dice mi amigo Pedro que la maratón son 32 kms de entrenamiento para correr 10 kms. Cuánta razón tiene, pero ¡¡que entrenamiento más largo¡¡.

El agotamiento llama a mi puerta. Los avituallamientos no surten efecto, pero no me salto ninguno para evitar la caída en la reserva que me obligaría a abandonar.

Piazza Navona, quizás las más bonita de Roma, pero el martilleo de los adoquines en los tobillos es inhumano. Empieza a dolerme todo. Entro en fase de piloto automático. Una zancada tras otra, mirada al frente y a resistir.



El silencio de los corredores es sepulcral. A estas alturas, todos, o casi, está sufriendo las mismas situaciones. Corren miles, pero cada uno, corre solo.

 Km 37. Piazza del Popolo, mi estómago me avisa, acaba o párate. El cerebro, para no ser menos dice lo mismo. Son 5 kms lo que quedan, venga, 32 o 35 minutos en el peor de los casos, tú puedes, pero es que me duele todo.

Km. 38. Piazza de Spagna, solo puedo mirar al frente. El sudor me empapa mi zamarra Correbirras, hace tiempo que no oigo la música, aunque la llevo. Solo oigo el tap tap de mis bambos, el tic tac de mi corazón.

Km. 39. Piazza de Venezia. Al fondo el Coliseo a vista de pájaro, pero todavía me quedan 3.000 metros, tres mil zancadas, tres mil golpes a mis articulaciones. Quiero parar, pero también quiero acabar. Me pesa el botellín, me duele la muñeca de cargar con el reloj.



Pasamos al lado del Capitolio. Miles de personas nos animan, noto el empuje de cada uno. Bajamos hacia el Teatro Marcelo. Entramos en la Vía del Circo Máximo. Mis objetivos a corto plazo menguan, ya no son kilómetros. Solo cuenta cada zancada.

Quiero oír el rumor de las cuadrigas, de la plebe romana en las carreras, pero solo oigo el zumbido de mis sienes. Noto llegar la pájara. Vista al frente. Vista fija en un punto cercano.

Atravieso la Puerta Capena. Sufro lo indecible en la Vía di San Gregorio. Por aquí pasaron los Julios, Flavios, Antoninos, Severos, ahora yo, pobre mortal, sufro a cada paso como lo hicieron antaño los legionarios que tras meses de ruta, volvían a casa.

Km 41. El Arco de Constantino al fondo, el Palatino, origen de la Ciudad, recuerdo de Rómulo. Piensa, piensa, recita la lista de emperadores, evádete, pero no pienses en el dolor y en el sufrimiento. Queda tan poco.



Km 42. Rodeo el Colosseo, ya lo tengo ahí.

No podría decir si dije algo, si levanté los brazos, si reí o lloré, solo recuerdo una cosa: Roma Victrix¡.

Avanzo tambaleante. Me imponen la medalla, como fruta, bebo isotónicos. Ando como un autómata. Dónde estás?.

En un tiempo que me parecieron horas, llego a la salida. Allí estás. Me fundo en un abrazo, lo he conseguido, ha valido la pena. Caída y auge en 3:32. No batí la marca, pero si mi reto.

La tarde, tras una breve visita a Santa María Maggiore y presentar nuestros respetos al Moises, acaba pronto. Morfeo me llama, el sueño viene solo.

La mañana siguiente, Roma llora por nuestra marcha. Sol, lluvia, frío, viento, hemos visto la Ciudad Eterna en todas sus facetas.

Tras un nuevo paseo bajo el paraguas por las céntricas calles, acabamos a la puerta de la casa de Costanza Sonnino, ciudadana italiana, judía, que fue arrancada por la barbarie de gente sin corazón ni escrúpulos, llevada a Austchwitz, donde desapareció. Tras más de 60 años, que nadie olvide aquella tragedia, para evitar que puede repetirse. Costanza, con noi.




Se acabó. La maratón ha muerto. Viva la maratón. 23 de marzo de 2014, XX Maratona de Roma, te vienes?.

Gracias a Inmaculada, sin tu ayuda, apoyo y compañía, todo esto no sería posible. Sin ti, no sería lo mismo.

Gracias a Mercedes y Diego, que se embarcaron sin dudar desde el primer momento. Os debo el helado de Gioliti y la cena en Baffeto. Diego, la mitad del triunfo es tuyo, hermano.


Gladiatori, Roma Victrix¡.

jueves, 5 de junio de 2014

IV Ruta de las Fortalezas 20.04.2013

Qart Hadast


Sábado 20 de abril. Cinco y veinte de la madrugada. Suena el despertador, se conecta la radio. ¿Es la voz de Sonny Bono la que  me despierta con las primeras estrofas del clásico sesentero “I got you babe”?.  Bien excursionistas…¡¡¡arribaaaa¡¡¡ ¿¿ Punxsutawney??. ¿¿El Día de la Marmota??. Pues no. Cartagena, Ruta de las Fortalezas. 51 kilómetros nos esperan.

Parece que vivo en “Atrapado en el Tiempo”, película de culto de Bill Murray, que no fue valorada en su justa medida, con un genial guión que otros “clásicos” han copiado, los Simpsons y Shrek entre otros. Así me siento en el momento que empieza mi nuevo reto, cumpliendo con los habituales ritos para correr durante un largo rato esperando no acabar roto al concluir la ruta.

20 de Abril. Curiosamente, la víspera del 2766º año desde la fundación de, ¡sí¡, como no podía ser de otra forma, de la fundación de Roma (21 de abril de 753 A.C).  

Todos los caminos llevan a Roma.

Y si, lo sé, me repito, pero es que ¡las casualidades no existen¡, y, ante la nueva ultramaratón a la que me voy a enfrentar, que vendrá cargada de “sangre, sudor y (quizás) lágrimas” que coincida con el 124 aniversario del nacimiento de Hitler tiene  bastante de augurio tétrico.

Del no hay dos sin tres, en mi caso, pasamos directamente al no hay cinco sin seis. Tras 3 maratones y dos ultramaratones, vamos a por la sexta medalla en mi zamarra correbirrera de las grandes ocasiones.

Solo nos falta saber la postdata. ¿Acabaré como galgo o podenco?. ¿Escipión el Africano o Aníbal el Bárcida?. ¿Romano o cartaginés?. Difícil elección. La carrera me dará la respuesta.

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Ocho de la mañana, Plaza de los Héroes de Cavite, que no lo fueron tanto por sus hazañas bélicas, sino, más bien, por ser las víctimas propiciatorias de una guerra injusta y desigual, alentada por quijotescos generalotes que en 1898 se creían capaces de hacer frente a la armada estadounidense con cuatro barquichuelos, algunos fusiles caducos, un mucho de soberbia y para variar, un Borbón trasnochado y sobreactuado, Alfonso XIII. 33 años después de aquello, fue precisamente la ciudad de Cartagena quien en 1931 le despidió efusivamente al inicio de su exilio…..a Roma. ¿Quién dijo casualidades?.



Día actual. 115 años después, ¿su nieto seguirá su estela?. Todavía se mantiene en la retina colectiva su patética frase tras la “elefantada”….. ¡¡Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir¡¡. Vale, lo dejo, estamos aquí para correr, no para polemizar, pero es queeeeee…

Izan la bandera española. Suena el himno nacional español.

- ¿Por qué te pegas esas palizas corriendo? ¿No sabes que correr es de cobardes?  – son preguntas que me hacen muy a menudo mis amigos y familiares.

Mientras suenan los acordes de la marcha real, rebusco en mis recuerdos, rememoro mi niñez. Vuelvo a Santander, a mi barrio de San Celedonio, a la Travesía de Tantín (ahora rebautizada como C/ Salvador Hedilla no sé por qué) donde estaba, y sigue estando, la casa en la que nací. Voy para mayor, pertenezco a esa última generación de niños que todavía nacimos en casa. Era una barriada típica de los años 70, que podría perfectamente ser escenario del “Cuéntame”.



Recuerdo aquella cuesta con la portilla en la que jugábamos a la pelota mi hermano Jose y yo. Aunque creo que él no jugaba a la pelota, sino, al tiro al blanco.

La lechería de “Nanducio”, donde iba a comprar bolsas de leche (la uperisación, entonces, no existía, y todos crecimos igual de sanos), que luego se convirtieron en las botellas de leche Collantes, “con la que los niños se hacen gigantes”.

Bajaba al garito de “la Pufo”, con su tufo a vete-tu-a-saber-qué, a por La Gaceta del Norte para mi padre por ¡¡¡1 peseta¡¡¡, tan solo por ver si en las páginas centrales traía un poster del Athlétic de Iríbar, el “Chopo”.

Subía al obrador de Cipriano a comprar “curasanes y luzmelas”. Allí, “Vicentón”, con su puro perenne que años después le llevó a la tumba, me decía aquello del “malvado Nacho, que tenemos que hacerlo bueno” que pasó a los anales familiares. Me pedía que cantara, pues parece ser que de muy pequeño tenía buena voz. Lástima, ahora me podrían sacar en rogativa para hacer que lloviera.

Subía, bajaba, subía….mi barrio era todo en cuesta, así ya mis piernas se empezaron a curtir y a sufrir.

La taberna de “el Vasco”, con aquel aroma a vino rancio que no invitaba a entrar. Tenía algo de miedo atávico a franquear su puerta.

La tienda de ultramarinos, como se llamaban entonces a las tiendas de barrio, con el “señor Ziquiel” y su eterno jersey verde, y “Luci”, la cajera, que a ojos de un rapaz parecía una nueva Venus. Visto al crisol del presente, no pasaba el corte.

Aquel microcosmos de escasamente unos cientos de metros cuadrados fue mi universo infantil. Pasaron muchos años antes que pisara la playa del Sardinero, en aquellos años, en los que dicho recorrido era toda una aventura. Nada eché en falta. Fui muy feliz y ahora que ya soy, digamos, de mediana edad, rememoro cada vez más “aquellos maravillosos años”.

Una pelota, unas chapas y un bocadillo de chorizo pamplonica eran más que suficientes para pasar la mejor de las tardes siempre que una tromba de agua nos encerrara en casa, que dado el clima santanderino, pasaba las mas de las veces.

Eran los tiempos de la mirinda y el tang; de las pipas facundo; del carrusel deportivo, con la narración de Héctor del Mar de las hazañas futboleras, de “Tarzán Migueli”, el “Pulpo Arconada” o de “Cámara Lenta Del Bosque”; de los cromos, chapas y canicas; de la primera y del uhf; de las pesetas.

No vivíamos esclavizados a pantallas de la televisión, ni ordenador, ni psp, ni game boy, ni mp4, ni “guasap”, nada de nada. Jugar con la canicas al guá, o lo que nosotros llamábamos el “ascenso a la cumbre” con aquellos ciclistas que comprábamos en el garito de “el Pulgoso”, o imitar a Geñupi o Quinito (ídolos racinguistas de la época) en las escaleras de la Travesía, que invariablemente nos obligaba tener que llamar a las casas de “Juanita Banana”, de “Donguina” o de “Doña Apolonia” para recogerla y pedir las consabidas disculpas, ese era nuestro simple y feliz día a día. Nuestra imaginación era nuestro mejor juguete.

El único guiño a la globalización que vendría, era la radio que mi madre oía con fruición y cuya afición me ha transmitido. Del “Felicite con música” del mediodía patrocinado por Supermercados Alconsant a las cientos de repeticiones de la canción de ABBA, Chiquitita, en el programa vespertino, “Buscando la canción del verano”.

Así que rula rulando, me convertí en un adolescente regordete al que una revolución hormonal y un par de zagalas pizpiretas le llevaron a calzarse por primera vez unos “espais”, que era como se llamaba el calzado deportivo en Santander, hoy todavía no sé por qué.

Eran años sin preocupaciones. Años en los que todo podía pasar. Nos creíamos invencibles e inmortales, en el estricto sentido de la palabra. Ultimamente veo correr los días, pasan sin darnos cuenta, nos caen los años, las canas, el pelo, las carnes y aquella felicidad inocente casi me duele. No volverá aquel tiempo y no estoy preparado para lo que inexorablemente viene. Nadie lo está. Intento disfrutar el día a día, pero mi cabeza me tortura de forma malsana ante la idea de un fin cierto. Vivimos siempre un el futuro, dilapidando el presente.

            Casi 30 años después, sigo corriendo, al decir de algunos, como si fuera Forrest Gump, por las presuntas locuras que hago o algo peor. Tras un parón de 9 años, dedicados intensamente a disfrutar en exclusiva con mi principal papel en la vida, ser padre, una noche de septiembre de 2009 me miré al espejo, me pesé en la báscula y me dije alto y claro: Hasta aquí he llegado. Debe haber tiempo para todo.

            Tengo claro que antes o después, espero mas después que antes, seré vencido por La Parca, así que pongo todo de mi parte para alargar dicho mutis por el foro (romano, por supuesto) lo máximo posible. Ya se sabe, quien mueve las piernas, mueve el corazón.

            Y un buen día, me apunté a una carrera. Me gustó la experiencia. Una carrera ha llevado a otra. Un reto a otro, y aquí estamos, en Cartago Nova, a la espera de la salida.

            Acaba la marcha real. Espero que dentro de no mucho, sea el Himno de Riego.


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            Ha llegado la hora. A mis pies, la histórica ciudad de Cartagena, fundada en el lejano año 227 a.C., o lo que es lo mismo, el 526 desde la fundación de Roma, con el nombre púnico de Qart Hadasht, que significaba Ciudad Nueva, de la que derivó la Carthago Nova romana, hasta la actual Cartagena. Esto dice la güiquipedia.

            Púnicos, romanos, bizantinos y árabes elevaron la ciudad a conjunto histórico de primer orden, rematado con la conversión de sus costas en enclave estratégico de la defensa del litoral mediterráneo, cubriendo cada elevación del terreno de baterías, fuertes y cuarteles militares que hoy vamos a recorrer.

            A toro pasado, tras 51 kilómetros por sus calles y laderas, no puedo dejar de lamentar que una ciudad con tales vestigios históricos-artísticos-culturales viva totalmente de espaldas a un pasado tan glorioso. El estado de la mayoría de sus baterías, fuertes y castillos es lamentable y urge una actuación inmediata que ponga en valor tamaño patrimonio cultural.

Menos palabrería pedante y a correr. Y pedante seré al contar que  esta palabra deriva del italiano bajomedieval que designaba al maestro que iba, andando, de una casa a otra enseñando a los niños, de la voz preexistente pedante, “soldado de a pié” o “peatón”. Pues eso, usemos los pies y como peatones, corredores, andantes, empecemos la Ruta.

Antes de nada, felicitar a la Organización, creo que nunca he participado en la Región en una carrera tan bien organizada, avituallada y abastecida. Además, todo un detalle acordarse de los fallecidos en Boston.

            Salida, y desde el principio con mi pareja de baile en más de una carrera, el gran Ricardo Sanz, es un gustazo ir a su lado, si le escuchara de vez en cuando e intentara dosificar algo más, mejor me habría ido.
            El comienzo de la carrera, con los 3.500 corredores-andadores fue caótico.

Km. 5, El Calvario, con la Ermita del mismo nombre, pero es que ni la vi. Mal empieza el tema cuando la primera cuesta que tenemos que subir es un calvario. Vaya cruz que nos hemos echado al hombro. Tan cercano a la salida, la pista intransitable….de ¡tanta gente¡. Eso sí, subida que engañaba, y casi mejor así, que quedaba mucho por delante.

            Km. 10, Chimenea, que para quien no lo conozca es eso, una chimenea en mitad de una ladera. Subida larga camino de San Julián. Ricardo marcando bien los tiempos, incluso, la parada a mear…bueno, miccionar, orinar, o lo que sea.

            Km. 12, Castillo de San Julián. ¿He dicho subida, larga?, pero larga. Se empezaba a hacer la primera criba. Cuando llegué arriba, ya iba solo. Error. Tomar nota para la próxima vez. No soy superman y debería haber aguantado un poco tan bien acompañado que iba.

            La bajada, en cuanto al trazado, engañosa, con mucho peligro si no ibas con todos los sentidos enchufados.

            Desde allí a la Concepción, terreno feote. Mucho asfalto en zona industrial. Aproveché el paso por Cala Cortina para comer algo, pero por segunda carrera consecutiva, el estómago revuelto no me dejó tranquilo.

            Km. 19, Castillo de la Concepción. Era una tachuela en comparación con el resto, pero al final, todo suma y todo resta en el carburador, y otra mata a la espalda.

            Grata sorpresa al ver a Runner CT dando ánimos que a otros les sonarán vacíos, pero para mí, cada palabra que te dicen, es una zancada gratis.

            Camino de Fajardo y Galeras, empieza la carrera de verdad. Donde se sufre de verdad.

            Km. 26, Batería Fajardo. Al pié ya empiezo a notar mi exceso de ritmo, así que decido bajar un punto, queda mucha carrera. Lo peor está por venir, me duelen los riñones y la falta de aliento me castiga. Las dos rampas que llevan a la cumbre no auguran nada bueno.

       En el avituallamiento cogí un donut, y el mero hecho de no poder abrirlo….¡atención, atención¡…..malas noticias.

            Las bajadas me castigan más que las subidas. Solo puede ser por una cosa, tengo las piernas cargadas en exceso. Intento comer un plátano, pero me produce ardores.

            Enfilo la subida a Galeras, resuelto, pero oyendo una voz de fondo…..sufres, sufre, sufrirás.

            Km. 30, Castillo de Galeras.  No la recordaba tan larga, y eso que no es la primera vez que voy. A falta de dos curvas oigo los cristales de mi ánimo caer hechos añicos. Es la primera vez que me da una “pájara anímica”, y además, sin una razón clara. Tras 3 horas, ya estoy en el km 30, pero mi cerebro solo pide una cosa. Para ya. No estoy preparado para lo que va a venir. Nunca he tenido que luchar contra mí mismo. Si fuera una cosa de piernas, pues, sabría lo que hacer, descansar, reducir, comer, algo, pero contra la sirena que en mi cerebro resuena, contra eso, no estaba preparado.

            El camino desde Navantia hasta el Cartago Nova, en llano, asfalto, sin dificultad, es una tortura. Hago una pequeña parada de 1 minuto. ¿Qué pasa?. El piloto automático se ha ido, y no tengo plan B.

            A la altura del comienzo de La Atalaya lo que era un rumor, empieza a cuajar. No quiero seguir. Hablo con mi medio pomelo y mis dos mandarinas. Su voz me anima, pero es que no quiero seguir. Pongo un pié delante del otro, como un autómata. Sigo porque sí, pero sin motivación alguna. Apago la música, el dolor de cabeza me martillea.

            Km. 38, Castillo de La Atalaya. El momento crítico. La subida es dura, pero cuando llego a lo alto, tengo la decisión tomada, a la bajada, abandono. No vale la pena sufrir. Miro el reloj, pienso: - Si, es un lástima, llevo 4:20 y lo tienes ahí, pero es que no quiero sufrir más.

            La bajada de la Atalaya ha sido, con diferencia el peor momento deportivo que nunca he vivido. Cada paso se hizo eterno y todo ello, con el mal añadido de una moral rota. Mi principal fortaleza, mi resistencia, siempre ha sido una mente fría….por los suelos.

            Al llegar otra vez al llano, me siento en una parada de autobús. Decidido, lo dejo. Subo las piernas en alto y espero a que venga el bus para volver al centro de Cartagena. En eso estaba cuando me llamaron de casa.

-          ¡Animo, nunca has abandonado¡ - me dijo Inmaculada, mi medio pomelo.

-          Venga, Papá tu puedes. Lo vas a conseguir – añadió mi niña Marta.

-          Papá, te he hecho un dibujo de un corazón. Sigue adelante – acabó mi pequeña Julia.

Me levanté, y eché a andar. En ese momento, Antonio, amigo y compañero correbirrero me dio alcance. Nos pusimos a la par, un par de kilómetros y empecé a coger ritmo.

Ahora ya no había vuelta de hoja, si empezaba a subir por Tentegorra, es para terminar.

Veo la meta a mi izquierda, me vuelve a tentar el demonio del abandono, pero no quiero defraudarlas. Son ellas las que me ayudaron a seguir. Nada habría pasado si abandonara, esto es una afición, no una obligación, pero mi medio pomelo puso el dedo en la llaga.

-          No abandones, no te dejes llevar por un impulso, porque luego te arrepentirás, que te conozco.

Sí, me conoce y muy bien, sé que si hubiera abandonado en esa situación, lo lamentaría todo un año, hasta la próxima edición.

La subida al Roldán, tremenda, y solo por eso, me descubro ante todos los que son capaces de sufrirlo tras más de 40 kms que llevábamos encima.

Dentro de su dureza, lo subí relativamente bien. Foto con Antonio al coronar, un poco de agua y ya de bajada. Echo a correr y así hasta la meta.



Me dejé atrás los fantasmas del abandono, superé mi propio yo, llegué a la meta en 6:07:01 según mi reloj. Sensación agridulce a mi llegada, lo hice, pero no pensé que iba a sufrir por tantas dudas.

*************
            Pasados dos días, cansado, ante estas líneas, sigo “tocado”, sigo sin saber cómo pude venirme abajo como un castillo de naipes, pero ahí está la parte buena, seguí y acabé. En mi cabeza el convencimiento de que el planteamiento no fue acertado, ya fuera el ritmo, la alimentación la motivación o la preparación, algo falló. Pero así fue, así os lo he contado y que me sirva de experiencia. La próxima vez que me pase, espero que dentro de mucho, no me cogerá de sorpresa.


            ¿Escipión o Aníbal?. Pues no, menos lobos, Caperucito. En mi caso, Reginald Perrin.

miércoles, 4 de junio de 2014

Maratón de Murcia 03-11-2013

Corriendo en casa


El silencio reinaba sobre la bahía de Maratón. El silencio del final de la batalla, de la muerte, del olvido.


El Strategos ateniense observaba desde su puesto de mando. Sabía que había alcanzado una victoria total  sobre los persas. No quiso dejar pasar mas tiempo. Su orgullo brotó a borbotones. Quiso proclamarlo a los cuatro vientos. Se volvió, buscando entre sus lugartenientes y allí estaba su mejor y más fuerte soldado, Fidípides.


-          ¡Fidípides, ven aquí¡- gritó.


-           ¡A sus órdenes, Strategos¡, - respondió, dando un paso adelante. - ¡A tus órdenes¡.


El Strategos, le miró fijamente y le ordenó. - ¡Corre a Atenas, informa a la ciudad de nuestra gran victoria¡.


Fidípides lo miró atónito. – ¡Pero, Strategos, son más de 5  parasangas de distancia¡ (37 kms).


Si, es cierto – respondió el Strategos – por eso te lo encargo a ti. Eres el único capaz de  ir a comunicar cuanto antes que la paz y la tranquilidad reinan sobre nuestras familias.


Sin pensarlo dos veces, Fidípides echó a correr con sus sandalias y su impedimenta de soldado. Salió de la bocana del puerto de la bahía de Maratón. Corrió por caminos polvorientos, pedregosos y ardientes bajo el implacable sol. No volvió la vista atrás en ningún momento. Antepuso su deber a sus deseos. Ni comió ni bebió. Solo un pensamiento. Llegar.


Tras tres horas de carrera, avistó las murallas de la acrópolis ateniense. Llamó a las puertas y, haciendo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban, gritó:


-          “¡Niké¡ ¡Niké¡” (¡victoria, victoria¡). Tras ello, cayó agotado, muriendo, con la satisfacción del deber cumplido.





25 siglos después, en las Olimpiadas de Londres de 1908 se quiso rememorar aquel ¿mito?. Se programó una carrera de larga duración, que homenajeara la mítica gesta de Fidípides. En su honor, la carrera se denominó “maratón” y como distancia, la existente desde el estadio olímpico de White City al Palacio de Windsor, exactamente 26 millas.

Pero la meta se marcó en las afueras del palacio del rey, Eduardo VII, el cual se negó a acercarse a la meta, así que se movió la meta los 195 metros de diferencia, de ahí la distancia actual, 42,195 kms.

Desde el 490 antes de la era actual hasta hoy, 26 siglos de historia nos contemplan. Atenienses, espartanos, romanos, germanos, godos, francos, árabes, turcos, bizantinos, eslavos o chinos han ido conformando la Historia. Vinieron, dominaron, fracasaron, y al final, la épica de sus victorias quedó en nuestro imaginario.

En pleno siglo XXI, pocas batallas nos quedan por librar que no sean las personales. La maratón, una de ellas. Mi batalla personal.

Domingo 3 de noviembre, I Maratón de Murcia.




Día radiante. Minipunto para la organización.

Preparado para mi cuarta maratón. La primera “en casa”.

Y en casa me sentí, saludando a diestro y siniestro a los compañeros correbirras, que además, han sido los que se han liado la manta a la cabeza para organizar esta carrera. Oskar, Gines, Manolo, Fernando y todos los demás, felicidades. Gran organización. Como todo, todo será mejorable, pero para 2014 solo os faltará poner unos raíles para no tener que correr tanto.

Línea de salida. Junto al infatigable Pepe, como siempre, preparado y discreto. Pedro, que pese a una lesión, se atreve con el reto, y lo que es mejor, lo cumplió.


Salimos con buena temperatura.  El recorrido, dos vueltas por la ciudad, totalmente llano. Primeros kilómetros de tanteo. Tras las dudas previas por la caída que sufrí en La Sagra que me tuvo semanas a medio gas, me encuentro bien. Corro suelto, y como últimamente, algo más rápido de lo que debo. Este tipo de errores, que después se pagan, y mucho, me sulfuran cuando lo repaso todo después.

Km 8, pasamos por primera vez por la plaza Circular. Gran ambiente. Rememoro en mi mente el recorrido. Largas avenidas. Gran Via, empieza a llenarse de gente. Torcemos por la avenida del río. Atención, vamos a 4:40 y queda mucho.

A la altura de La Fama, Pepe y yo nos ponemos a la par del globo de 3:30. Todavía tenía por definir el ritmo. Tan pronto me veo justo como demasiado ligero. El globero, por eso que llevaba el globo (aunque en este caso no era cierto, reventó el globo y solo le quedaba el hilo) nos canta kilómetro a kilómetro.

En la zona del Infante, noto los primeros síntomas de cansancio. A falta de comida, me como un orejón que llevaba en el bolsillo.

En todos los recovecos veo personal voluntario, mucho personal. Creo que nunca he corrido una carrera con tantos voluntarios. Conozco a muchos, saludo a los que el resuello me deja.

Km 19, me alcanza mi primo Alejandro. Craso error. Tiene poco más de 30 años. Va muy rápido, 4:20 el km y  como un principiante, caigo en mi propia trampa. Le sigo a ritmo hasta el km 24, pasando por meta.

¡¿Cómo pude ser tan necio?¡. Bueno, si, quise decir tonto.


Pasamos por Media Maratón, y la ciudad está a rebosar. Estos momentos son los que te ponen los pelos de punta. Es muy gratificante el aplauso del desconocido que sabe valorar tu esfuerzo.

En el 24 le dejo ir, pero el mal ya está hecho. Me quedan “solo” 18 kms y he gestionado mal los tiempos. Tomar nota para la próxima vez.

Subo por Gran Via, y digo subo, por que entro en reserva, se me hace cuesta arriba. El muro se acerca y todo se apelotona. Llego cansado, me duele mucho la rodilla izquierda (y esto, para mi desgracia ya no es noticia…¡¡fisio, fisio¡¡), me tira el piramidal derecho, lo que viene siendo que me duele el culo y el desfallecimiento acecha.

Por el km 30, el avituallamiento escaso, un poco de plátano, no había más. Como otro orejón. A la altura del 31 alcanzo a mi primo Alejandro. Está parado. Luego me enteré que allí abandonó.


Km 32 empieza mi muro personal. Es la primera vez que siento al hombre del mazo a mi lado en el muro. De promediar 4:40 por km, bajo de forma ostensible a 5:30. No voy a quejarme. Dice mi compañero Enrique que siempre cuento lo mismo, sufrimiento, dolor, abandono, resurrección, meta…..pero, ¡¡es que él no ha corrido una maratón¡¡. Esto es así.


Raúl y Mateo, los ganadores, pues a lo suyo. Los seres humanos, sufrimos el final. El calor apareció (hoy tengo quemaduras en la cara y las piernas), sumado el cansancio, agotamiento, dolor muscular, falta de resuello, falta de hidratación, escasez de comida, y el hombre del mazo, maceándome en cada recodo.


A partir del 35 me limito a seguir, con un ritmo irregular. Intento mantener un tiempo medio, pero no puedo. Van pasando los kilómetros. Me agobia la sensación de fracaso por mi error de planificación. Pero, que le vamos a hacer, de esto, como de casi todo, se sale, y lo que es mejor, se aprende.


            Km 40, un esfuerzo más. Paro un poco, estiramiento, bebo agua abundante. En los últimos kilómetros veo caras conocidas que con una buena palabra de ánimo hacen más que mil empujones. Merche, Rai, Pepe, Ramón Invictus Iborra, Pablo “elcámaraquefotografióatodosmenosami”, etc.


            Dobló el centro comercial…no me pagan por hacer publicidad, y solo me queda la recta final. Y ahí me viene el subidón. Acelero. El último km en 4 minutos, verídico, me vengo arriba. Triunfal. Porque el hecho no es ganar, sino el gran triunfo es llegar, vences tus demonios interiores.


            Tan eufórico voy que no veo a mi medio pomelo y mis dos pomelitas.


            Por fin, meta. 3:36:29….pudo haber sido mejor, pero pudo ser mucho peor.


            Dicen que es de locos someterse a semejante prueba. Seguramente es cierto. Pero es adictivo. Ya esta mas cerca la próxima. ¡Niké¡ ¡Victoria¡.



            Una vez más…..¡¡¡ROMA VICTRIX¡¡¡.

martes, 3 de junio de 2014

Falco Trail 06-12-2013

 ¡¡¡Cuandacabestooo¡¡¡

…y ocho días después me acordé de la Falco Trail.

Viernes, 6, ocho de la mañana. Cehegín, un grado….¡brrr, que frío¡. Pero, ¿qué hago yo aquí?.

Saco mi carné de baile, ¿qué toca hoy?. Falco Trail, 42 kms con 3.000 de desnivel positivo. Chary, Ramón, Fernando, Antonio, Nacho, etc., ¡¡¡asakooo¡.




Ultima carrera del año. Ya no tengo edad…ni ganas…ni tiempo para tantas carreras. Desde que corrí aquella primera carrera en Santander a finales de los ochenta desde la Alameda de Oviedo hasta las Llamas, mucho ha llovido, sobre todo en Santander.

En aquella ocasión, sin haber llegado a cumplir los 20 años, con 15 kms por delante, llegando a la zona de meta, de lo que antes eran la zona de meta, esto es, una pancarta de Supermercados Alcosant y poco más, sin tanta parafernalia como ahora….pues eso, llegando a la zona de meta, viví uno de esos momentos oníricos, berlanguianos, surrealistas. “Esprin” a meta. Un atleta en silla de ruedas. Un crío de corta edad. Y un servidor…..llegué el último. Verídico, de los más de 200 que corrimos aquella carrera, con el dorsal de papel con el número escrito con rotulador, vintage que se llama ahora, cutre en castellano de toda la vida, fui el último corredor en llegar.

A lo nuestro, Cehegín.

Gorro, guantes, dongildelascalzaslargas…echamos a correr.

Primeros kms de tonteo…tanteo, quiero decir. Machitos, fuertotes, risueños. Vamos, lo que viene a ser un derroche de la poca testosterona que me viene a quedar.

Primer terreno liso, es más, cuesta abajo. Primeros 4.000 metros.

Hago piña con Antonio de los Reyes y mi tocayo Nacho Gras…siempre me resulta extraño hablar con alguien que lleva mi mismo nombre, máxime cuando conozco a muy pocos con tan ardiente nombre.
Primera subida. Todos en fila india. ¡Que tonto de mí¡…¿no que pensé que estaba perdiendo el tiempo?. Vamos, si hubiera pensado una chispa, solo una chispa, sabría que iba a ser la mejor subida de todas.

Sin problemas corono, subida corta. En la bajada, aprieto, me dedico a estirar piernas, a probar la estabilidad del día. Con mi facilidad para caerme solo, es básico ante retos de este calibre, asegurarme que no tengo el día torpe….no parecía.

Km 8. Primer avituallamiento. Mal rollo. Mordiendo una gominola, adiós al empaste de la muela.

Empieza la carrera de verdad. Recuerdo que la página güeb de la organización decía que el recorrido no nos iba a dejar indiferentes. Pues no, mas de una vez me hizo recordar a la madre de alguno, pero, indiferente, no.

Primeras estibaciones de la cumbre As de Copas. Vertical. Me veo bien. En fila india, pero a buen ritmo. Incluso me queda tiempo para guasapear con mi medio pomelo. Voy bien, cielo.

Bajada rápida y segundo avituallamiento. Como algo, pero no mucho. No tengo ganas…luego me pesará.

Salimos a la par Nacho y yo. No, no tengo desdoblamiento de personalidad…ni veo angeles mientras hago el lenguaje de signos…de momento.

Subida hasta la Media. No digo que fuera fácil, pero terreno accesible, senda amplia, limpia. Llego a cumbre algo cansado, pero, ¡sorpresa¡, nos han hecho migas. Poco amigo soy de comerlas, pero con la que llevo encima, me saben a gloria.

En la bajada, ¿que pasó?....¡premio¡….me caí de maduro. Bueno, siendo honesto, fue un tropezón por la tierra suelta. No llegó la sangre al río.

Debería hacer un ejercicio de reflexión y planificación antes de aprestarme a participar en carreras de este estilo. Si hubiera leído el track, sabría que lo especialmente duro empezaba en el 26, y yo tan feliz porque pasaba en menos de tres horas por el 22. Ya me veía llegando a meta en menos de 6 horas. ¡Pobre tonto¡.