jueves, 11 de abril de 2019

XXI edición LXVII Millas Romanas de Mérida - Abril 2019





Hace más de MM años el emperador Octavio Augusto decidió poner fin a la continua rebelión de los pueblos astur y cántabro. Envió a sus legiones el año XXIX antes de nuestra era. Años de batallas desiguales para que en el XXV diera por terminada la guerra con la derrota astur. Como reconocimiento a aquella ¿gesta?, ordenó fundar la Colonia Iulia Augusta Emérita donde se asentaron muchos de los veteranos de las guerras astur-cántabras, convirtiéndose en la capital de la provincia romana de Lusitania. La presunción imperial les hizo olvidar que el pueblo cántabro no había sido derrotado. Otros 6 largos y duros años las legiones tuvieron que batallar risco a risco, castro a castro, hasta conseguir el control de la gran Cantabria. Acudió en persona al teatro de operaciones, dejando la dirección de la guerra a Agripa, su yerno y lugarteniente, para acabar con nuestra resistencia pero esa sería otra historia que contar.


V V de abril de II milenios después aquí estoy, en una de la principales ciudades romanas (o lo que queda de ella) para participar en las LXVII Millas Romanas de Mérida. Mucho tiempo deseando viajar a Extremadura, región olvidada por muchos, ninguneada por otros tantos, que acumula tanta historia y belleza que la convierte en visita imprescindible. Peculiar que pese a tener el mar muy lejano fuera cuna de grandes conquistadores como Cortés, Pizarro, Orellana, Valdivia o Nuñez de Balboa. Extremadura, literalmente, la región que está en el extremo, merece una visita pausada. Esa era mi idea, no tan solo conocer Mérida, si no también Trujillo, el Jerte, Cáceres, etc, pero, digamos, problemas de agenda me obligaron al largo viaje solo. Eso sí, acompañado por el que no falla, un libro, en este caso para estar bien ambientado. La XVI entrega de las aventuras de Catón y Macrón.

Viernes, V de abril, V de la madrugada. Sin dejar que sonara el despertador salté de la cama. Como ya lo tenía todo preparado en bolsas y cajas, fueron XV minutos. Sigilosamente me moví para no despertar a ninguna de mis pomelos, pero mi medio pomelo no quiso dejarme ir sin un beso ni sus buenos deseos. El clima, amenazaba lluvia. Conecté el gps, el invento del siglo. Sin tener ni idea del camino, la señorita Marta te va cantando el recorrido. A veces es necesario preguntar. La ruta mas corta posible (DC kms) es en su mayoría por carreteras nacionales con mucho tráfico de camiones, atravesando pueblos y con una firme poco firme. Durante parte de las VII horas que duró el viaje, volví a recorrer los caminos que nos llevaron a Ciudad Real en diciembre pasado,  amaneciendo sobre las Lagunas de Ruidera. Chaparrones durante toda la mañana. Fui testigo de la carrera alocada de una cierva que cruzó la carretera delante de mi. No me gusta la noche, ni para correr, ni para conducir y creo que ni para pasear. Voy perdiendo vista y me agobia moverme con un círculo de visión tan reducido, si además llueve, cristales mojados. Tras dos paradas, una técnica y otra para zamparme un suculento bocata de chorizo, llegué a Mérida.

Gladiator, ¡¡que gran película¡¡. Mi preferida. Podría reproducir muchos diálogos sin  ver las escenas. Me encanta aquella escena en la que el emperador Marco Aurelio, arrodillado, lloroso, ante su dolido hijo Cómodo, al cual estaba negando su derecho a sucederlo como emperador …




Muy buena película, con errores históricos de bulto. Marco Aurelio no murió asesinado por Cómodo. Cómodo no murió asesinado en el circo si no en una conjura palaciega un 31 de diciembre. Tras la muerte de Cómodo se vivieron unos meses intensos con la sucesión de Pertinax,  la compra del trono por parte de Didio Juliano hasta que el general africano Septimio Severo tomó el poder por la fuerza y dominó el imperio. Pero eso también es otra historia.



Gladiator, el ficticio general Marco Décimo Meridio, el alter ego de este blog, era de Augusta Emérita, donde tenía tierras, mujer y un hijo. Por que Mérida, no dejaba de ser entonces lo que hoy es Benidorm, una ciudad de retiro para jubilados, en este caso, legionarios romanos.


Mi hotel, en contraposición, tenía poco de romano, se llamaba Zeus, principal dios del Olimpo griego. Bien situado. Sus glorias debían datar también de tiempos zeusinos. Mi habitación era de escasos XV metros cuadrados, con un aseo diminuto, muebles añejos y una sospechosa falta de brillantez. Pero para dormir una noche, bien valía. Una vez dejadas las cosas, salí a conocer la ciudad. Tenía hambre romana. Con un mapa ubiqué el lugar de recogida de los dorsales y de la entrega de la mochila para el punto de vida. Una vez aparcado el coche en sus cercanías, empecé mi paseo.

Subiendo por una cuesta comprobé que tenía nombre de emperador romano, Vespasiano. Muchas eran las calles con nombres alegóricos a las pasadas glorias romanas. Paseé entre Constantino, Graciano, la Legión X y otras no menos latinas como Espronceda o Calderón de la Barca. La ciudad se asoma a la vera del Guadiana cruzado por uno de los puentes romanos más largos que permanecen en pie. En su cauce desemboca el río Albarregas, también atravesado por otro puente romano que al lado de su hermano mayor, palidece.

Plaza de la Constitución, típica plaza hispana, con sus jardincillos y sus bancos. Desemboca en lo que queda del Arco de Trajano. Tan solo la arcada, apoyada en los edificios circundantes, lo demás, se lo llevó el viento. Parece ser que el buen emperador hispano no tuvo nada que ver en su construcción. Como solo quedan sillares sin ningún tipo de inscripción, lo mismo es de época de Trajano que de siglos posteriores. Paseando, acabé en el centro urbano, la Plaza de España, flanqueada por el Museo Visigótico (cerrado por obras, lástima), el Palacio de Mendoza (típico palacete señorial) y la Concatedral de Santa María (también cerrada). Reconozco mi ignorancia, he investigado que es una concatedral y viene a ser un templo que comparte con otro la sede de un obispado. En este caso, lo comparte con la concatedral de San Juan Bautista de Badajoz.


Tras siglos de ser capital de la provincia romana de Lusitania, en el siglo VI Mérida se convirtió en la capital del reino visigodo. Como nos pasó en nuestra visita reciente a Córdoba, poco o nada queda de los visigodos. Se mimetizaron tanto con la cultura y los pueblos que conquistaron que nos dejaron poco más que una larga lista de reyes de nombres rebuscados, algunas historias de cotilleos y pendencias y un reducido reino ultramontano al norte donde el conde cántabro Don Pelayo y su hijo Alfonso I resistieron a los moros, haciendo del corazón de Cantabria la cuna del nuevo reino que posteriormente llamarían España cuando del prusés y de otras noñeces ultranacionalistas nada se sabía.

Subiendo por la calle de Santa Eulalia, surgió el Templo de Diana que data del siglo I antes de nuestra era. Soberbia fachada. En su parte delantera se representan obras teatrales para un reducido público. Unos CC metros mas arriba están los restos del Foro romano de la misma época. Mérida, tras cada recodo de callejas abigarradas y sin mucho orden, restos milenarios. La antigua Augusta Emérita junto a la anticuada Mérida




Empezando a tener hambre, bajé en dirección al río donde está la Alcazaba árabe. Altos muros, poco más vi. Una voz lejana me llamaba. ¡¡Ven, ven¡¡. No pude negarme. Roma Victrix. Como iba a negarme a la llamada de un camarada.




Pese a ser una restaurante de comida italiana, se llamaba Galileo.  Una ensalada amontonada de ingredientes apelmazados y unos suculentos espaguetis cuatro quesos a un precio más que razonable. Tras terminar de comer fui a recoger el dorsal (DCCCXX) y la bolsa con la camiseta conmemorativa de la participación, que sin ser bonita, guardaré como recuerdo. Paseando de regreso hacia el hotel para la siesta, pasé junto al bimilenario puente romano sobre el Guadiana, vigilado estrechamente por la Loba. Cercana, otra vez, la Alcazaba árabe. Dos años después de llegar a la península tras derrotar al ultimo rey visigodo, Don Rodrigo, el caudillo árabe Muza conquistó Mérida. Aquí se quedaron durante 500 años. Y salvo la Alcazaba, poco más quedó. 



Intenté dormir, no lo conseguí. Llovía a cántaros, mal augurio. Me preparé a conciencia. Recortándome uñas y durezas; vaselina en los pies; esparadrapo en los pezones para evitar rozaduras; bolsitas con frutos secos; otra bolsita con chuches que me había preparado mi pomelita Julia; otra bolsita con orejones; la farmacia, con sales minerales, paracetamol, incluso almax; pilas, cargadores de baterias, cables. Preparado para recorrer por el Amazonas. Se usan pocas cosas pero hay que llevarlas por si acaso.

VII:XV horas, a XLV minutos de la hora prefijada, salí del hotel camino del Acueducto de los Milagros, lugar de la salida. Quedan en pie las columnas que lo sostenían no así el cauce. Al acercarme divisé a los centenares de milleros preparados para la aventura. En ese momento no llovía tras el chaparrón de XV minutos antes. Llovió poco a lo largo de la noche, algunos momentos de calabobos y poco más.



Y tras este largo y quizás cansino preámbulo, llegó el momento de la carrera. ¿Por qué?. Por que como buen amante de la historia de la antigua Roma, no podía dejar pasar mas tiempo sin correr entre sus restos más importantes en la península. No iba a ser lo mismo solo que con los hermanos macedonios, pero algunas veces la soledad te acompaña, te educa, te enseña. Y lo digo en sentido genérico. Intento priorizar lo necesario de lo importante. La vida pasa muy rápido para depender del que dirán. Disfruto lo más que puedo con los medios a mi alcance. Ya no dejo que me afecten los problemas más de lo necesario. No estoy dispuesto a que terceros me condicionen aunque tenga que ponerme una máscara. No lo consigo del todo. Solo una persona me conoce bien, ante la que ni puedo ni quiero disimular. Conoce bien mis multiples debilidades, pero es la única ante quien quiero claudicar. 

¿Por qué LXVII millas romanas?. Las legiones romanas, siempre tan estrictas, medían todo, hasta cada paso. Para ellos un paso era el movimiento de dos pies. Un paso doble. Ese espacio de pie derecho más pie izquierdo tenía una medida fija, lo que hoy son CXLV cms. Mil pasos de esos, una milla (los italianos siguen diciendo mille para el número mil). MCDL metros cada milla. LXVII millas, entorno a C kms.

XX horas, chupinazo. Sol intermitente entre retales de nubes. Cumplí con la tradición macedonia de salir el último. Justo al lado del escoba. Trotecillo, poco más que andar rápido. Recibimos los ánimos de todo el público que nos despedía. Ellos para irse de cena y/o a disfrutar de la noche. Nosotros para zambullirnos en ella.

Las Millas Romanas ya son un clásico en Mérida. XXI edición. Hasta hace pocos años era un prueba únicamente para senderistas. De aquellos años quedan dos características poco comunes a las ultras en las que suelo participar. Por una parte, no es competitiva. Aunque se publica una clasificación no existen premios para los ganadores. Más curioso, además de un tiempo máximo de XXIV horas hay un tiempo mínimo de XII horas, reminiscencia de las ediciones solo senderistas, para evitar que unos fueran mucho más rápidos que otros. Además de las LXVII en las que participaba había otra de XXX que salía en la mañana del sábado. Retransmitían la salida desde la televisión autonómica.



Recorrido urbano plagado de gente. Giros por sus intrincadas calles, visitando la mayoría de los hitos históricos. Desde la romana, visigoda y árabe Mérida hasta las calles y plazas castellanas. Fue ya en el siglo XIII cuando el rey leonés Alfonso IX reconquistó la ciudad. Desde entonces fue perdiendo galones hasta que el siglo XX la repuso en el puesto de honor que merece con la declaración en MCMXCIII de patrimonio de la humanidad por parte de la UNESCO.




Cruzamos el puente romano, por el que hasta hace poco seguía pasando el tráfico. MM años después sigue en pie. Donde resonaban los tacos metálicos de las caligae de las legiones que tantas veces lo cruzarían en sus rutas de ida y vuelta hacia guerras cercanas, este humilde legionario tuvo el honor de seguir sus huellas. En distancias tan largas las primeras horas son fundamentales. CIV kms según mi reloj. Poco desnivel. MMDL metros, en tres zonas concretas. Oía a muchos quejarse de las cuestas. Les gusta el monte, el campo, cualquier cuesta les resulta dura. Para mi fue un desnivel muy liviano en comparación con otras carreras mucho más duras en las que he participado. En todo caso, hay que hacerlo. Y no debemos perderle el respeto a las distancias. De los DCCCXL que salieron más de CL se tuvieron que retirar.

Cuando abandonamos Mérida, corrimos paralelos al rio Guadiana durante unos X/XII kms por su margen izquierda. Es una pena tantas horas de noche. Entiendo que por el arco horario se haga necesario, pero quedé con la sensación de haberme perdido muchas cosas. Durante los primeros L kms corrí mas o menos sin parar. Creo que acerté con el ritmo. Entre VI:XX a VII minutos el km. Parecerá un ritmo lento, poco más que un trotecillo, pero no es fácil mantenerlo. Ni soy profesional ni joven. Entreno cuando puedo y mis años me marcan límites. Orgulloso de haber sabido mantener ese ritmo sin cebarme.

Camino de tierra, con zonas de cemento, algo humedecido a causa de las lluvias, pero sin grandes riesgos. En estos primeros kms se colocan los participantes. Los más corredores, por delante. Los andarines por detrás. Los flojos como yo, en medio. Tras una semana sin correr, fisio y comer mucho para tener reservas, tenía ganas de correr. Al ir solo, preferí tomar algún grupo de referencia. Una cosa es estar solo y otra bien distinta es ir solo. Al primer grupo al que me acerqué, bingo, eran nórdicos. Daba igual. El hecho es tener alguien cerca, por si acaso.

Tras la salida segundo avituallamiento, km XIV, Guadiana. Llovía ligeramente. Bien surtido. Fue la tónica de todos los avituallamientos. Ni un pero. Muchos y muy bien surtidos. Los voluntarios, muy cariñosos, de X. No me hizo falta tirar de las reservas que llevaba. Me tomé mi primera pastilla de sales para equilibrar las que iba perdiendo por el esfuerzo. Una cada II horas. No corres más si no que reduces el desgate. Y se notan. Llevaba un bote lleno de XX pastillas, pocas han vuelto a casa. Tomé varios paracetamoles, especialmente al final, por los dolores musculares, inesperados en esta ocasión. A la salida del primer avituallamiento encendí el frontal. X horas noctunas.  

Segundo tramo, camino de Alange, la desembocadura del rio Matachel en el Guadiana. Terreno para correr con ligera pendiente hacia arriba durante muchos kms. Empecé a sufrir el único fallo de la organización. Pésima señalización. Balizas escasas, oscuras y muy mal colocadas. Fue una queja unánime de todos los participantes. Muchos nos perdimos en varios tramos. Agucé el ingenio y el oído, me arrimé a aquellos que parecían seguros de conocer el recorrido. Aún así me perdí un par de veces. Camino estrecho, a rueda de otros corredores, dejando correr el aire. Una cosa es buscar una referencia, otra pegarse a la gente. Tramo que disfruté por que me sentía físicamente muy bien. 

Tercer avituallamiento, km XXIV, Alange. Mensaje a casa. Voy bien. Sorprendentemente bien. Me quité los calcetines y me volví a embardunar los pies de vaselina para calmar unas sospechosas rozaduras que me amenazaban. De paso, quitarme las primeras XX o XXX de las M piedras que recogí por el camino. Alange, el pueblo, nos recibió con unos cuanto valientes. Lo que se dice valientes, ¡¡que estaban de copas¡¡.

Subimos la Senda de la Culebra hasta alcanzar el castillo de Alange. Corta, con algo de desnivel, pero sin mucha dificultad, todos en fila india coronamos en menos de XV minutos ante los restos del castillo. La bajada, tenía miga. Sin ser muy técnica, mala sombra por la combinación de tierra mojada, tramos de hierba muy resbaladizos y algunas piedras de más. Delante de mi iba una nativo emeritense que nos iba cantando el recorrido. Cada vez que decía - ¡¡ cuidado con este tramo ¡¡ - el que se caía era él. Que buen rato. Tras unos XX minutos de bajada, llegamos a la pista que bordeaba el lago. Pista amplia, de esas que te crees que es para esprintar. No lo hice, pero me encontré solo, en cabeza del grupo con el que subí y bajé al castillo, como si yo conociera la ruta. El balizamiento me hizo dudar. De nuevo en Alange, seguí las luces lejanas de otros corredores esperando que no se hubieran equivocado. Terminada la pista, el Balneario. Espectacular, la entrada, espectacular el interior. De esos lugares para tomar nota para pasar unos días. El lago, no muy lejano. Los baños, del Balneario. Aquí, km XXVIII, cuarto avituallamiento con agua y fruta.

Salimos a las oscuras calles de Alange, sin mas balizas que pegarme a unos nativos. A más de un corredor escuché posteriormente quejarse que se había perdido por allí. Para salir del pueblo, la que llaman la Cuesta de la Risa, corta pero intensa. Risa poca. Sube y baja hacia la subida mas dura, la Calderita. Me dejé llevar por un grupo de onubenses. Callado, sin meterme donde no me llamaban. Debí resultarles sorprendente. Se les pegó un corredor, mudo, que no les dejó durante muchos kms. Mas senda estrecha que pista, de las que me gustan, de las de estar atento para no tropezar. En esta ocasión, ni una caída. Premio adicional. Al fondo se divisaba una línea de luces blancas que ascendían al cielo, la Calderita. Por primera y única vez saqué los bastones. Subida de poco más de 1 km. Subí bien, muy bien según mi impresión. Pude haber apretado pero eso significaba hacerlo solo. ¿Para qué?. Me mantuve a cola de grupo sin forzar. Coroné perfecto. Sonará prepotente pero en plazas mucho peores he toreado con los macedonios. Si, era dura, pero muy llevadera. Bajada larga, que sin ser muy técnica, había que tener cuidado con el terreno muy irregular para no dejarse una pierna enganchada. 

Quinto avituallamiento, km XXXVI, la Zarza. La cena. Arroz tres delicias no muy delicioso pero si energético. Algo de tortilla. Un par de pastelillos. Chocolate caliente. Otra nueva descarga de piedras de los bambos. Tras muchas horas de hablar conmigo mismo, hablé con otro corredor que me contó como se había perdido. Paciencia. Miro las caras del resto de corredores en el avituallamiento. Se notaban las horas de esfuerzo, el cansancio. Algunos tenían pintada en la cara el abandono. Otros más, sobre todo los que iban en grupo, mas sonrientes. 



Engullido por la oscuridad de la noche inexplicablemente me vine abajo. No es la primera vez que me veo en una igual pero no aprendo. Solo a posteriori se reconocer las señales previas de esos momentos de bajón. Corría sin mucha gana, siguiendo las señales, sobre pistas amplias con muchos cruces algo mejor señalizados, con luces reflectantes. Me empezó a pasar factura la carrera, en la cabeza más que en las piernas. Oía por detrás voces y risas de los grupos que me seguían. Ninguna gracia. No me gusta correr con gente a la espalda, prefiero perseguir que ser perseguido, pero no me alcanzaron en ningún momento. Entrando en Villagonzalo me senté en un banco para quitarme la enésima piedra. Para la próxima me tengo que comprar pantuflas o babuchas, como se llamen, para que no se me metan las piedras, que follón. Ahí sentado me vio un corredor, de blanco, que me preguntó por como iba.  - Bien, solo son piedras -, le respondí.

Sexto avituallamiento, km XLV, carretera de Badajoz. Deambulo durante algunos kms hasta que alcanzo al corredor de blanco. Sería el km L, ya no nos separamos hasta meta. Dorsal 213, Juan Diego, emeritense. Fue mi compañero de carrera.

Séptimo avituallamiento, San Pedro, km LIII. Una nave. Yu-yu al entrar, sobre una camilla, un corredor tumbado, tapado con una manta térmica. La carrera se empezaba a cobrar víctimas. Aquí estaba la bolsa con ropa de recambio. No cambié nada. No iba muy mojado, cómodo con la ropa, solo las piedras de las narices, que bonicas las piedras. Comí algo, tranquilo. Salimos juntos, ya la segunda parte de la carrera anduve mucho más que corrí. Primero por que el cansancio ya pasaba factura. Segundo, por un dolor in crescendo en el peroneo que ya en los último XV-XX kms me impedía correr, solo andar. Estoy haciendo un curso rápido de anatomía a base de dolores varios.

Cruzamos el Guadiana otra vez. Cuidado con el badén. Parece ser que una riada se llevó el puente y quedó este badén. Avisados, lo saltamos sin problemas. Nos contaron que un corredor que pasó disparado, se cayó de bruces. Abandonó.

Seguimos nuestra ruta hacia el parque natural de Cornalvo, . En esas horas nocturnas, poco se podía ver pero descubrí un tipo de flor que no conocía, las jaras. Nos perdimos por un sendero, perdidos de verdad, no figuradamente, repleto de flores blancas. ¿Dije flores?. Millones, durante kms y kms flores para dar y tomar. De día debe ser idílico. Tras recular al comprobar que estábamos perdidos, nos cruzamos con otro grupo igualmente perdidos. Juntos reencontramos la senda, paralela al lago de Cornalvo junto a la presa romana. 


Octavo avituallamiento, Cornalvo, km LX. Durante todas esas horas no dejamos de hablar Juan Diego y yo. Son de esas amistades efímeras e imposibles. Coincidimos por una horas gracias a una afición. Echamos buenas parrafadas, muchas risas, cuando uno no podía, el otro tiraba. Cogimos muy buen ritmo hasta que las lacras que arrastraba me fueron ralentizando. Ultimos desniveles de la carrera. Las Camellas (como indica su nombre, son dos subidas y dos bajadas como si fueran jorobas), Meteorito, Terrero, el punto mas alto de la prueba, y la Cuesta del Animal. Intensas pero cortas. Especialmente la última, bajada, peligrosa por lo irregular del terreno. Despuntaba el alba. Era el momento de quitarse el disfraz de minero. Nuevamente subir y bajar fue lo más fácil. Subidas rápidas, tirando. Bajadas al trote, vigilando no tropezar por exceso de confianza.


Noveno avituallamiento, Cuatro Caños, km LXIX. Un corredor sentado, envuelto en su manta térmica. Otra muesca para la carrera. Cansado pero sabiendo que tenía piernas  para acabar. Muy recuperado de la mente. La compañía de Juan Diego fue crucial. El dolor del peroneo izquierdo me obligaba a modificar la pisada lo que me provocó un punzante y constante dolor en la rodilla derecha. XXXI kms a meta. Sin desnivel. Peor, si hubiera más desnivel, ni me forzaría corriendo y podría mantener un ritmo mas uniforme.



Con las luces del día, vimos las impresionantes dehesas extremeñas. Vacas. Ovejas. Arbolado bajo. Jaras, millones de jaras. Casas aisladas. Juan Diego me iba contado. Desde que hicimos grupo me despreocupé de balizas, se lo conocía al dedillo. Bicicleta, natación, correr, de todo hace. 37 años, 14 menos. Se tenía que notar. Me contó que subiendo al castillo de Alange le dio un pinchazo el cuádriceps y estuvo a punto de abandonar. El que no quería arriesgar y yo que no podía apretar mas, mantuvimos la ruta. 


Décimo avituallamiento, río Aljucén, km LXXIX. Descanso. Mensaje a casa tras toda la noche sin mandar noticias. Salimos despacio y en poco más de IV kms, nuevo avituallamiento, el undécimo, en Aljucén. No debí sentarme, pero las dichosaspiedrasdelasnarices me llevaban mártir. Aproveché para una nueva ración de vaselina en los pies. Camino de Santiago. Para que luego digan que todos los caminos llevan a Roma, por estos lares, parece que todos terminan en Compostela.


Menos de XX kms a meta y entro en situación límite. El dolor en el peroneo ya no se me quitaba ni con paracetamol. Reduje el ritmo. No podía correr nada. Una pena porque los últimos XX eran para disfrutarlos al trote. Se hizo lo que se pudo. Junto con Juan Diego y nuestras historias de ida y vuelta, vimos pasar los kms, aunque el peroneo no entendía de otra cosa que el dolor, cada vez mas intenso. En alguna bajadas intenté trotar, pero difícilmente hice algunos kms así. Al fondo, el lago de Proserpina, artificial, hecho por los romanos. ¿Qué nos han dado los romanos?. 





La mejor foto del día. Cielo azul nuboso, chapoteando los legionarios descansando de su última marcha hacia las minas de plata y mercurio. Zona estival, imagino que baños y deportes acuáticos. Muy tocado físicamente, arrastrando la pierna izquierda. Dolor que me llegó de sorpresa. Era la primera vez que me pasaba, pero sé que la culpa fue solo mía. Tras años sin usarlas, me puse medias de compresión, que si bien me ayudaron con los gemelos, perfectos toda la carrera, me machacaron ambos peroneos por la presión. Pero rendirse ahora no era una opción. Necesitaba terminar una ultra tras las ultimas decepciones. Camino de la Cañada Real de Araya, corretero para quien pudiera. Pasando por un caserón, un perrazo amenazante se nos acercó peligrosamente. Destrozado físicamente me di por mordido aunque el can-caballo, enorme, me perdonó, debió verme demasiado exhausto para disfrutar el mordisqueo.


Duodécimo avituallamiento, Proserpina, XCI kms. Comí patatas fritas de bolsa, que me supieron a gloria. Un pastelito y a por los últimos X kms. Juan Diego, muy conocido, se fue parando en estos últimos kms con unos cuantos amigos o conocidos. Yo no me paré en ningún momento. Cada vez que me paraba, me costaba mucho arrancar. En modo cuenta atrás, dejé de pensar. Sencillamente ya solo tocaba llegar. Tras tantas horas de camino, se sufre mucho, muchas dudas, quejas y unos cuantos novuelvomás. Indefectiblemente los días posteriores solo te quedas con lo bueno. Que listo es el cerebro, desecha lo malo, apuesta por lo bueno. Eso es lo que me queda a mí, los recuerdos buenos de cada carrera. Claro que recuerdo los malos momentos, pero se diluyen con el tiempo, hasta que te vuelves a encontrar en una situación similar en la que no te explicas como has sido tan torpe de volver a caer en el mismo horror.


Decimotercer avituallamiento, km XCVI, Carija. Rus final. Voy roto. Ya no andamos, paseamos por la vereda del Guadiana, con Mérida al fondo. Ultimos kms eternos, como siempre. Sensación agridulce. Triste por no poder entrar al trote, para disfrutar el momento. Triste por verme solo en meta mientras tantos corredores son recibidos por sus familias y amigos. Feliz por haber cumplido con mi reto en un marco tan especial como la romana Augusta Emérita. Primer miliario de recuerdo.





Pudo ser mejor, pero tras XVII horas y VII minutos crucé la meta, de nuevo en el punto de partida. Puesto CLXVI de los más de DCCC que participaron. A los pies del Acueducto de los Milagros pude decir con todo el sentir....Roma Victrix¡¡¡.




Gran abrazo con Juan Diego. Fue un gran compañero de carrera, me llevó en volandas, nos reímos mucho. Gracias.

Me paseé a duras penas por la zona de meta. El dolor iba en aumento. Añadido que cuando termina una ultra te cae el cansancio de golpe, a plomo, me costaba moverme. Tuve que ir a por la bolsa andando otro kilómetro. Y desde allí, cargado, al hotel, que estaba  otros tres kms más allá. Una hora tardé en hacerlo, muerto matao. Un corta parada para coger aire. Mientras estás en carrera, sigues como un autómata, a la caza de la meta. Cuando no tienes ya un objetivo, te arrastras. En el hotel, ducha rápida y sin pensarlo mucho, salí de turismo para ver el teatro, el anfiteatro y sus aledaños baja una lluvia fina. Estaba agotado pero el viaje no habría sido lo mismo sin esta visita. Olor a sangre corrompida de gladiadores derrotados; declamaciones de obras clásicas de Ovidio o Esquilo; el murmullo de los cientos de personas que habían acudido a las representaciones, sentados en el graderío; la mezcla de olores de orina y sudor de los reos condenados a morir ante el público; chillidos anunciando vino caldo de falerno, morros de nutria; picos de ocelote. Solo había que cerrar los ojos y dejarse llevar.



Al frente de la salida, el Museo Nacional de Arte Romano, soberbio edificio que atesoraba obras originales recogidas en Mérida y sus alrededores. Tras dos horas de lento paseo, me costaba moverme. Con algo de hambre y sin tener claro que y donde comer, no tuve ganas de calentarme mucho la cabeza y acabé en un burrikín. Con lo poco que me gusta este tipo de comida rápida, ¡¡cuan cansado estaría para sentarme allí¡¡. 




De vuelta al hotel, nuevo chaparrón. Intenté correr, pero ambos peroneos me lo impidieron así que caminé bajo la lluvia, calándome, que es muy sano.

XIX:XXX horas, llegada al hotel. Me quité la ropa. Me tumbé en la cama con la televisión. Pensé - "cierro los ojos pero no me duermo". XXI:XXX horas, me desperté. Me levanté con muchos dolores, me tomé un ibuprofeno y me volví a dormir. A las VI:XXX me despertaron mis propias piernas. Terrible dolor. Me asusté. Intenté poner el pie izquierdo en el suelo. No podía apoyarlos debido al intenso dolor. Me asusté más. ¿Hospital?. Me moví despacio por la habitación. Poco a poco se me activaron las piernas, aunque el dolor no retrocedía. Recogí las cosas y no me lo pensé mucho. En ese momento sabía que podía conducir. Busqué una farmacia de guardia y una 24 horas para comprar algún anti-inflamatorio. Ninguna abierta. Llamé insistentemente, nadie me abrió. Sin más, me puse en carretera. Opté por coger la autovía en dirección a Madrid. 130 kms más que la línea recta pero se tarda lo mismo, más seguro. Así pude pasar cerca de Trujillo y Cáceres para prometerles una pronta visita. El parque de Monfragüe. La Sierra de Gredos totalmente blanca. Tras siete horas, de nuevo en casa, con mis tres pomelos, por que mi casa siempre estará donde estén ellas.

Se acabó. Reto cumplido. Hasta pronto Mérida. Hasta pronto a todos. Cuatro días después sigo con algunos dolores pero tras este reto ha de venir otro. Ciao.






Roma Victrix























sábado, 23 de marzo de 2019

Cordoba, Marzo 2019

16-19 Marzo 2019




Sábado, 16 de marzo. De nuevo en la carretera para añadir a nuestra lista uno de los lugares imprescindibles: Córdoba. Es bonito viajar al extranjero para conocer otras culturas, países, costumbres, vidas. Pero sin olvidar la cantidad de pequeños y grandes recodos hispánicos que no solo compiten y rivalizan con los mas afamados destinos internacionales si no que en más de una ocasión los superan ampliamente.

Córdoba ya no es la gran ciudad de antaño pero atesora historia e historias como pocas ciudades. En este emplazamiento vivían íberos turdetanos en el segundo milenio antes de nuestra era. Fueron al parecer los  fenicios llegados con posterioridad los que la llamaron "ciudad junto al río" o Qart-Iuba, aunque la etimología sigue sin confirmarse. Los nietos o bisnietos de estos fenicios, los cartagineses, se desplazaron al este hasta la costa del mediterráneo y allí fundaron otro asentamiento nuevo, que así lo llamaron, "ciudad nueva" o Qart-Hadast, que al pasar de los siglos se convirtió en la actual Cartagena. 

A primera hora del sábado, rumbo hacia la milenaria Córdoba. Algo menos de 500 kms y unas cinco horas de autovía. A mi lado, mi medio pomelo, Inmaculada. Detrás mi pequeña, Julia, y una tristeza, mi hija mayor Marta no se vino. Ya fuera por que tenía que estudiar, ya fuera por que ya no le apetece venirse con nosotros, fue una pena que no pude borrar durante todo el viaje. Es ley de vida, los hijos llega un momento que quieren volar solos, sin la mirada escrutadora de sus padres. Parece que fue ayer cuando la adormecía en mis brazos por el pasillo de casa canturreándole negras tormentas. Ya tiene 18 años. No solo casi no nos necesita si no que busca su propio camino. Sic transit gloria mundi. Como cicerones del viaje, los habituales de los últimos años, Mercedes y Diego (que ya conocían Córdoba) junto con sus hijas Emma y Paula. Los siete magníficos.

Viaje tranquilo, con parada obligada.  Descanso y almuerzo. Llegamos a Córdoba entorno a mediodía. Como cada familia hizo su reserva nos separamos para dejar las maletas. Ellos a un hotel a las afueras, nosotros a un apartamento de alquiler en el centro histórico. Nos recibió Susana, la encargada de gestionar los apartamentos, cordobesa a más no poder. Situado en la calle de la Concepción, a escasos cinco minutos andando de la céntrica plaza de las Tendillas, era muy pequeño. Ubicación única a 10 minutos de todas partes en el casco histórico. Limpio, coqueto, con falta de lamparas bajas y una cama que chirriaba, perfecto para disfrutar de los tres días.

Tras situarnos, partimos sin mucha demora. Cada vez que llegamos a una ciudad tengo la impresión de que me voy a perder, que no voy a ser capaz de moverme, para descubrir siempre a posteriori que da igual lo grande o pequeña que sea una ciudad, siempre es lo mismo. Centrarse. Buscar puntos de referencia. Un buen callejero y con las nuevas tecnologías, gps y es imposible perderse.

Caminando, la primera de las multitudinarias iglesias cordobesas, San Nicolás de la Villa. No entramos si no al día siguiente y por un brevísimo lapso de tiempo dado que estaban en mitad de misa. No soy religioso pero sí creo ser muy respetuoso con las ideas y creencias de los demás. Cosa que a la inversa, en más de un caso, no he visto correspondido. He oído las quejas de personas religiosas sobre la presunta coacción a sus creencias y celebraciones, que debemos respetar como algo histórico y cultural. La vida me ha enseñado a respetar todas y cada una de las ideas ajenas, incluso las que me parecen un disparate. He tenido que soportar en más de una ocasión burlas y críticas por mi forma de pensar. Por mucho que nos la demos de sociedad avanzada sigue habiendo mucha falta de respeto. Y eso se aprende en casa.

Llegamos a la Plaza de las Tendillas, con su estatua bicolor del Gran Capitán (caballo y cuerpo negro, peculiar cabeza blanca). Estupendo el centro histórico era peatonal. Seguro que a los residentes no les hará tanta gracia pero las ciudades deben ser para los peatones. El problema es que los que deciden peatonizar no ponen un sistema de transporte urbano adecuado, castigándonos con carísimos aparcamientos públicos o carriles bici sin sentido.


Tras varias vueltas por los aledaños de la plaza, nos sentamos a comer en el Gran Bar. Típico cordobés son el salmorejo, el rabo de toro, la carrillada o los flamenquines. No muy amigo de los platos de carne, sin llegar a ser vegetariano, probé el salmorejo. Para chuparse los dedos. Seguimos con unas patatas a la brava, croquetas de cocido e incluso pedimos un flamenquín que se quedó en la lista de la compra. Estuvimos esperándolo 15 minutos sin noticias. Un servicio que había sido estupendo quedó empañado por un final inadecuado.



Acabada la comida, reagrupamiento. Sin un rumbo claro, atravesamos las Tendillas en dirección a la otra gran plaza, la Corredera, paseando por la calle (Marco) Claudio Marcelo. Este tiene el honor de ser el fundador de la ciudad romana, Corduba, en 171 antes de nuestra era sobre los restos del asentamiento fenicio, convirtiéndola en capital de la provincia Bética. Hijo de Marco Claudio Marcelo, padre de Marco Claudio Marcelo, abuelo de Marco Claudio Marcelo y así hasta el infinito y más allá. Los romanos, tan prácticos ellos, usaban una variedad muy escueta de nombres (preanomen) tales como Marco, Cayo, Lucio, Quinto, Sexto, Publio o Cneo. Después llevaban el nomen, que era algo así como el apellido, para saber a que familia pertenecían, como los Claudio, Julio, Cornelio, Sulpicio, Tulio o Fabio. Como al pasar los siglos la combinación de pocos praenomen y nomen se repetía con mucha asiduidad y daba ocasión al error, añadieron el cognomen, que siendo al principio como un apellido, fuer mutando en algo similar a los apodos actuales (de los cuales derivan), diferenciando a cada rama del mismo nomen por alguna característica. Algo físico como Ahenobarbo (barba roja) o Craso (gordo). O por algo síquico como Bucco (loco) o Dentato (dentudo). Los había curiosos como Fígulo (el que hace pucheros) o Metello (el que sigue al ejército). Pero abundaba la mala leche como Bíbulo (borracho), Flaco (orejudo), Strabo (bizco) o Sesquiculus (culo partido).

Paseando por la calle Claudio Marcelo llegamos a los restos del templo romano aunque él ya era sombras y cenizas cuando empezaron a construir el tempo en el siglo I de nuestra era, 200 años después de su muerte. Del templo quedan once columnas y el basamento. Afinando mucho podemos oír a los actores romanos declamando a Homero u Ovidio. ¡¡Chisst¡¡¡, escucha. Plaza de la Corredera, amplia, muy al estilo de las plazas castellanas. Nos sentamos al café, bueno, sentarme fue después. Los dejé y empecé a recorrer la plaza para no dejar una esquinar sin cotillear. 



El resto de la tarde la pasamos recorriendo sin mucho rumbo la ruta que denominan de las iglesias fernandinas, mandadas construir por Fernando III llamado el Santo, tras su conquista en 1236. Iglesias dispares, en calle anticuadas. Digo anticuadas por que muchas calles del casco histórico de Córdoba mas que antiguas parecen calles de mediados el siglo XX que no han evolucionado ni avanzado, un pueblo insertado en una ciudad histórica. Esta amalgama te hace deambular por calles insulsas para acabar desembocando, por ejemplo, en la Palacio de los Marqueses de Viana, sin decidirnos en ese momento a visitar sus 17 patios interiores.




De sopetón, en una plaza, nos encontramos con una estatua del torero Manolete. Poco más allá, otra. Nada taurino. Más al contrario, me parece una aberración la mal llamada fiesta nacional pero no dejé de contemplar al mito. ¡¡Manolete, si no sabes, por que te metes¡¡. Somos la peor de las especies del planeta. Tras adquirir conciencia propia hace nada (se supone que tomando el plazo de un año, el homo sapiens habría hecho aparición en los últimos minutos de un 31 de diciembre). Desde que hace unos 70.000 años nos hemos puesto a la cabeza del planeta convertidos en auténticos animales. Ninguna otra especie mata animales por el mero placer de hacerlo, por espectáculo. Considerar la tauromaquia como un arte es un enorme insulto para el Arte. Es un asesinato con alevosía y a veces nocturnidad. No contentos con ello, criamos en condiciones aberrantes a millones de animales para luego sacrificarlos. Encerramos a vacas en cubículos donde casi no se pueden mover para que su carne esté tierna. A los cerdos los cebamos para que engorden rápido. Encadenamos a las gallinas para que produzcan huevos por docenas. Millones de años atrás vivían libres. Disfrutaban de su vida. Ahora los esclavizamos, los hacemos sufrir y no me vale eso de que les criamos para eso. Ningún otro animal carnívoro trata a otro de forma tan degradante como lo hace el ser ¿humano? con el resto de especies. ¿Quién es realmente un animal?.

Al borde del casco antiguo la Torre de la Malmuerta, cuyo nombre evocaba alguna truculenta historia. Parece ser que  https://espanafascinante.com/leyenda-de-espana/leyendas-de-andalucia/la-malmuerta-leyenda-de-la-torre-cordoba/.



Algo cansados de la procesión nos sentamos en los jardines de la Merced. Mientras los demás hacían parada y fonda me acerqué a ver la fachada del Palacio de la Merced, hoy sede de la Diputación Provincial, que ha sido restaurada recientemente.



Tras el breve descanso nos dirigimos a la Plaza de los Capuchinos, donde está el famoso Cristo de los Faroles, apagados por ser de día. Al fondo la iglesia del Santo Angel, me topé con una puertecilla en la cual tenía que pagar. Tras dos mil años de mangoneos varios, de cesión de la gestión de casi todas los iglesias, conventos y demás monumentos religiosos a Patrimonio Nacional para su mantenimiento me parece aberrante tener que pagar por entrar a ver una iglesia. La Iglesia, como institución, recibe anualmente muchos miles de millones del erario público para su mantenimiento. Y no sé por qué. Es una organización privada y con fondos privados debería mantenerse. Pero es que es más, Patrimonio Nacional se encarga del mantenimiento de la mayoría de estas construcciones. Nuestros impuestos. La propiedad nominal es de la Iglesia, la cual está exenta del IBI y el resto de españoles no podemos ni pensar en no pagarlo so pena de multa o embargo. Así que tienen un millonario talón anual para su mantenimiento, los impuestos mantienen su patrimonio, no pagan impuestos por su patrimonio, pero si yo quiero verlo ¿tengo que pagar, para que ellos se enriquezcan más?. Dos mil años de mangoneos y parece que esto no tiene fin. Demasiados votos en juego me supongo.

Anocheciendo, bajamos por la Avda del Gran Capitán. A mitad de la misma está la iglesia de San Hipólito en cuyo interior están enterrados los reyes castellanos Alfonso XI el Justiciero y Fernando IV. Fui solo para ver las tumbas reales y acabé entrando por la plaza de San Ignacio de Loyola, santo patrón. Cansados por el día tan largo, de regreso hacia la Plaza de las Tendillas, nos retiramos a descansar. Compramos algo de cena y bebida. Nos la subimos al apartamento y mas pronto que tarde, muertos de cansancio, nos dejamos acunar en los brazos Morfeo.

Domingo, 17 de marzo. Seis y media de la mañana suena el despertador para cumplir con mi tradición de salir a correr por cada ciudad que visitamos. Seis años atrás, exactamente, hacía lo mismo para correr la maratón de Roma. Hoy menos ambicioso, con la idea de rodear todo el casco antiguo cordobés.

Mas fresco de lo esperado para la manga corta, móvil para hacer fotos y un plano para no perderme. Empecé a trotar. 10 kms en los que empleé hora y media, con muchas paradas. Jardines del Paseo de Victoria en cuyo interior hay unos mausoleos romanos del siglo I de nuestra era. Los jardines más modernos de la Avda de América, hasta llegar a la iglesia de San Cayetano. Alcancé los restos de la muralla de Marrubial construida entre los siglos XI y XII por lo almorávides. Donde otros solo ven piedras, yo escucho el entrechocar del alfanjes y espadas, suspiros de doncellas, gritos de soldados, olfateo los asados y las brasas del fuego.  Es cierto, te tiene que nacer, la Historia o te atrapa o te cuesta.

Desde la calle de María Auxiliadora, la iglesia de San Lorenzo, cerrada en ese momento, pero uno de los templos mas impresionantes de la ciudad. Iba en busca de la huella visigoda, pero como siempre, poco o nada queda en la península de ellos. Pueblo guerrero, de origen germano-escandinavo. Pese a permanecer en la península tres siglos, dejaron algunas historias pero en Córdoba en concreto poco o nada. Tras ser desplazada por Híspalis (Sevilla) como capital de la provincia, hasta la llegada de los árabes, la ciudad cayó en una época oscura, poco conocida y menos recordada.

Buscando el Guadalquivir, el Molino de Martos, situado justo en la punta del meandro. Amaneciendo el verdoso cauce del río con una postal sin igual, la Córdoba árabe con la Mezquita al fondo. Trotando por la ribera, muchos corredores y paseantes hasta alcanzar el puente de Miraflores que crucé para ver el panorama. Acercándome al puente romano la gran Mezquita, impresionante, somnolienta por el efecto de los años, te llama cálida, te embruja, te seduce. Espera. Antes toca rendir pleitesía al puente romano, que de romano ya queda poco. Algún pilar y poco más. Sí el aura, el pisoteo de las cáligas de las legiones que lo cruzaron, el batido metálico de las gladios, el traqueteo de los carros que portaban el bagaje. A sus pies la torre de Calahorra. Estaban montando el arco de salida de una carrera popular. ¿Voy o no voy?. No di lugar a la duda. Crucé raudo el puente para contemplar, para arrodillarme a los pies de la Mezquita. Un exterior achacoso, necesitado de una restauración....o no. Siglos en sus piedras quizás no deben ser maquillados. No me paré, no fuera que los cantos de sirenas ¡¡entra, entra¡¡ me hicieran perderme en sus recodos. Me perdí por los callejones y callejuelas del barrio árabe, literalmente, hasta dar con la fotogénica calle de las Flores. Rápidas fotos. Esprinté camino del apartamento para tras ducha y desayuno rápido salir los tres hacia la Mezquita donde nos reagrupamos nuevamente.



¿La Mezquita?. ¡Que decir¡. Ya desde el patio de los naranjos empieza un viaje milenario. En tiempos de inmediatez del entretenimiento virtual, interné, llutú, instragrá o el caralibro, pasear por la historia con hache mayúscula enriquece y nos debe hacer recordar que la vida es un milagro, un momento en la eternidad que vale la pena disfrutar por que de igual que los grandes califas de la gran Córdoba, faro de las tres culturas, son ya sombras desdibujadas, nosotros pasaremos. Disfruta hoy, que mañana quien sabe.



Entramos. Por muchas fotos o documentales que se hayan podido ver, nada te prepara para la magnificencia de la Mezquita. Lugar sacro donde ya hubo una iglesia visigoda. Poco después de la invasión árabe del siglo VIII comenzó la construcción de una mezquita que tras varios siglos llegó a su esplendor en los siglos X-XI. Ni más ni menos que 13 siglos. No lo cuento, os dejo enlace https://espanafascinante.com/leyenda-de-espana/leyendas-de-andalucia/la-malmuerta-leyenda-de-la-torre-cordoba/.



Sin rumbo. Fotos a tutiplén. A las columnas. A las bóvedas. A las vidrieras. Al mihrab. En un monumento tan grande no dejaron espacio para el aburrimiento. Pequeños detalles. Decorados llamativos. Nos dimos de bruces con el implante de la catedral católica. No digo que no fuera espectacular, pero me quedó una sensación de invasión, de imposición, de abuso o de postizo. 



Tras un par de horas de regreso al pasado, camino del Alcázar de los Reyes Cristianos, previo saludo a la estatua del Arcángel Rafael, ubicuo en toda la ciudad hasta el agotamiento. Cola de media hora, felizmente sin mucho calor. Dentro del Alcázar, mucha gente, tanto sube y baja de escaleras a la caza de fotos en las torres agota. Los jardines, grandiosos, aunque algo resecos. Bonitos, pero suenan a repetidos. Desde lo alto vemos las caballerizas, mucha arena. Los juegos acuáticos son el hermano pequeño de los de la Alhambra. Mala copia cristiana del lujo árabe.

Hora de comer. Teníamos una reserva en el restaurante El Churrasco, en la Judería. Aunque hubo un pequeño malentendido con la reserva acabamos los siete en el invernadero, la última sala, que hizo honor a su hombre. ¡Que calor¡. No dejamos pasar la ocasión de probar la comida típica cordobesa todo ello de la mano de un camarero sin doblaje al cual no entendí la mitad de lo que nos dijo. A pocos metros, estaba Casa Pepe, de los mejores restaurantes de la zona, con una terraza con vistas a la torre de la Mezquita. No tuvimos oportunidad de catarlo.



Por la tarde teníamos contratado un guía (ese palabro horroroso de fritur( free tour)). El nuestro, de nombre Jaime, era un estudiante (o licenciado de Traducción e Interpretación, no me acuerdo) con mucha maña para el asunto. Nos condujo por un ameno paseo de dos horas por la ciudad de las tres culturas. Primer paso, la Judería. Calles abigarradas, con grandes portalones, recodos imposibles y la estatua de sabio Maimónides https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/maimonides.htm, judío, maestro de taitantas ciencias en el siglo XII que tuvo que huir de la ciudad. De todo lo que contó, lo mejor fue la anécdota de la frase seguir en sus trece. Parece ser que Maimónides dictó trece normas de obligado cumplimiento para los judíos. Tras la caída de Córdoba en manos cristianas muchos judíos se vieron en la diatriba de irse de la ciudad o quedarse convirtiéndose al cristianismo. La mayoría, por no tener donde ir o no querer irse, se convirtieron pero de forma oculta seguían los trece preceptos de Maimónides, "seguían en sus trece".

Nuevo sabio cordobés. De pie ante la estatua de Averroes, árabe, que fue el maestro de Maimónides. Primer liberal en el siglo XII. A decir del guía, Averroes fue un feminista convencido, defensor de los derechos de las mujeres. Una pena que diez siglos después sigan existiendo millones de trogloditas que se crean superiores a las mujeres por el mero hecho de ser hombres. 
https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/averroes.htm



La puerta de Almodóvar, única de la muralla que se mantiene en pie. El guía obvió a otro cordobés ilustre y eso que tenía una estatua bien visible. Séneca, hispano ilustre, pasó a la historia por su filosofía y por ser el preceptor de un tal Nerón https://www.biografiasyvidas.com/biografia/s/seneca.htm que posteriormente, por su gran complejo de inferioridad, le instigó al suicidio, olvidando que junto con Agripina le había aupado a la cabeza del Imperio Romano.

Llegamos por segunda vez en el mismo día al Alcázar de los Reyes Cristianos. Nueva anécdota. Estando la católica Isabel en entre sus paredes para controlar los territorios del sur de la naciente nación española mientras su veleidoso marido Fernando no era tan católico por tierras catalanas, diariamente la cordobesas la llamaban al pie de la murallas. Algo harta del follón diario, una mañana la pestilente Isabel (que tenía aversión al jabón) salió a saludar y en venganza dictó al leguleyo de turno la Ley de la Holgazanas. Viendo la reina tantas mujeres desocupadas dictó que aquellas mujeres que no ayudaran a sus maridos en sus trabajos no tendrían derecho a heredar. Y la ley estuvo en vigor casi 400 años.

Parada final ante la Mezquita, arcángel Rafael mediante. Adiós al guía nos dirigimos al puente romano, invadido no tan solo de gente si no también montones de mosquitos que nos acompañaron en el paseo de ida y vuelta. 


Agotados, nos sentamos en un banco. Paseamos despacio hasta dar con el bar Santos donde hacen la tortilla de patatas mas famosa de Córdoba que te dan en un plato de plástico para comer sentados en el basamento de la Mezquita. Soy un gran comedor de tortilla y ésta tuvo más fama que sabor. Masa de patata sin cebolla, salada y poco huevo. Las he probado mucho mejores. Poco a poco, de vuelta al apartamento y a dormir.



Lunes 18 de marzo. Parece increíble en una ciudad tan visitada, pero los lunes todos los monumentos están cerrados, así que hoy paseo. El cansancio de tanto caminar empieza a pasar factura. Quedamos en la puerta de Almodóvar para desayunar todos juntos. Miramos el plano y recorrimos lentamente la Judería. A solas con Maimónides nos tiramos una nueva ristra de fotos. De ahí, al barrio de San Basilio, a ver patios cordobeses https://www.artencordoba.com/patios/historia-patio-cordobes-origen-evolucion.html, famosos en el mundo entero. El origen no es andaluz, no, si no las lejanas culturas orientales que paliaban el calor con altos patios cubiertos de arboles trepadores que les daban sombra. Los cordobeses añadieron las macetas. Los patios son patrimonio inmaterial. Eran el lugar que compartían las familias. Vivían los patios. Vivían en los patios. Contaba el guía que una vez en un patio a un vecino se le desconchó la pared. A falta de dinero para la reparación decidió poner una maceta. Sus vecinos, algo envidiosillos, pusieron las suyas para imitarlo. Ya tenemos el patio. Pero había que regar las crecientes macetas, las cuales goteaban. Para evitar un barrizal, decidieron empedrar el suelo para que el agua corriera en leve pendiente hacia el desagüe. El toque final, el color azul, que repele a los mosquitos que lo confunden con el agua del cual huyen.

No siendo mayo, la gran fiesta de los patios, vimos dos gratuitos en el barrio de San Basilio. Venga, vale, que no están mal pero personalmente creo que visto uno vistos todos. Quizás insensible, a lo mejor mezquino pero no me llamaron la atención. Algunos paseos de ida y vuelta para acabar almorzando otra vez en el bar Santos, otra ración de tortilla descebollada, salada y sin casi huevo.



Callejeamos hasta la calle de las Flores, petada de gente, no cabía un alfiler. Es lo que tiene internet, que cuenta siempre lo mismo a todos. El callejón de poco más de un metro de ancho. No había como hacerse una foto hasta que mi medio pomelo, con su gracia habitual, ¡¡¡plis plis plis¡¡¡ se hizo sitio para foto familiar. Siguiente objetivo el centro de interpretación de los patios, al otro lado del casco antiguo. Paseo bajo el sol que calentaba algo más de lo deseado. Muchas fotos y semillas de geranios que mi pomelita, Julia, mima y cuida en el balcón de nuestra casa esperando ver nacer las flores.



Comimos por segunda vez en el Gran Bar, en la plaza de las Tendillas y otra vez fallaron al final. Tras un buen servicio, el último plato se lo dejaron olvidado, teniendo en ayunas a mi niña Julia



Por la tarde, excursión a Almodóvar del Río para ver su castillo. 22 kms de carretera con semáforos, cruces y mucho tráfico. Surgía en lontananza vigía vigilante del típico pueblo blanco andaluz. Castillo en perfecto estado pero, ¡¡horror¡¡, lleno de fotos de escenas de Juego de Tronos. ¿Qué fue antes la Historia o Juego de Tronos?. ¿Tan poco valoramos nuestra historia que debemos acudir a una serie televisiva para magnificar nuestro patrimonio?. Últimamente Juego de Tronos me sigue de viaje. Harto. En todo caso el castillo era espectacular, en perfecto estado. Torres, almenas, pasillos, mazmorra...hasta que al final descubrí el porqué. Fue comprado por un ricachón a comienzos al siglo XX que gastó un millón de pesetas de entonces (un pastizal de ahora) en rehabilitarlo de las ruinas que compró. ¡¡¡Acabáramos¡¡¡. Si, es muy bonito, impresiona, pero lo único auténtico son los cimientos. No me pondré follonero pero quien sabe como era realmente originariamente.



Cenamos solos los tres en la Taberna Montillana, al lado de la iglesia de San Miguel, local torero, bien atendido, con unas ricas berenjenas. El Pisto, en la calle de enfrente, también se quedará para otra ocasión. De regreso, caímos redondos a dormir. 



Martes, 19 de marzo. Ultima mañana, quería salir a correr, pero la alergia no me dejó descansar. Doble plan. Ellas no quisieron dejar pasar la ocasión de ver los 17 patios del Palacio de Viana. Una vez reencontrados, pues les gustó, pero decían que les faltaban flores, gracia, vida. Yo bajé a ver la Sinagoga, del siglo XIV. Visto y no visto. Cuatro paredes esculpidas y poco más. Algo decepcionante. De vuelta me dirigí a fotografiar los mausoleos romanos y conocer la Avda de los Tejares, avenida comercial, con el cortingles de turno y bancos a cascoporro. Así paseando aproveché para llamar a felicitar a mi padre por partida doble, por José y por padre. Y tras colgar, me llamó Diego. Nos reunimos, nos sentamos en un banco de la plaza de las Tendillas de cháchara a la espera de que nos comunicaran el final de la visita al Palacio de Viana. Como no daban señales de vida, empezamos a pasear para recogerlas.



Reagrupamiento general. Recogimos las maletas e iniciamos el camino de vuelta. Otras cinco horas con parada a comer en Diezma donde cometimos el error de pedir salmorejo que debían llamarse salpachejo, un coctel a mitad de camino entre el salmorejo y el gazpacho. Un quiero y no puedo.



En casa. Viajar, esa maravillosa experiencia. Feliz. Feliz por un viaje con auténticos amigos con los que compartir kilómetros, fotos (¡¡¡miles y miles M¡¡¡) y buenos momentos. Feliz de hacer que Julia viaje y vea otras personas, otras formas de ver la vida. Y muy feliz de compartir mi tiempo con Inmaculada. Cada minuto a su lado hace que la vida tenga sentido.

Final. Se acabó Córdoba. A preparar el siguiente viaje.



ROMA VICTRIX ¡¡¡