30 de julio 2026
Estaba sentado al lado de tu cama, mientras dormitabas tras superar otra crisis en tu salud. Abriste los ojos, giraste lentamente la cabeza buscando compañía.
"Hola, papá", te saludé sonriendo. "Como estás?".
Me miraste fijamente, me sonreíste, feliz. Me habías reconocido.
"Nachooooo, hijo. Estoy bien".
Te quedaste pensativo. Te cogí la mano. Tras varios días perdido en tus recuerdos, recuperaste la lucidez.
"Estoy mal, no?", me preguntaste. No quise mentirte, para qué?
"Si, papá, estás mal, pero estás aquí", te dije.
Te quedaste mirando al infinito, seguramente pensando más en tu pasado que en el futuro. No sabía que más decir. "Estás preparado?".
Tu semblante ni se inmutó, respondiste rotundo, como siempre fuiste. "Si, me voy con tu madre".
En ese momento me ayudaste tú a mi, más que yo a ti. Me regalaste una gran sensación de paz. Saber que no solo no tenías miedo a la muerte sino que lo veías como algo natural, me tranquilizó. Sin sufrimiento, sin dolor, solo un paso más.
Cambié de tema, te recordé que al día siguiente era San Ignacio. Empezaste a hablar de Luís el Cartero, del Padre Penagos y los dos santazos, feliz de volver a aquellos años felices, lejanos. Te acordaste una vez más de El Cariñoso, que se echó al monte, que presume de ser ejemplar, y no se merecía ni que lo recordaras, ausente muchos años, exigiendo comportamiento ajeno, sin ver la hipocresía en vida propia.
Me tuve que volver a casa, a trabajar, a seguir mi camino. Estuvimos en contacto los tres hermanos. Me sorprendieron con los resultados de tus siguientes análisis, estabas mejorando. Fue un espejismo. Tu salud y, sobre todo, tus escasas ganas de seguir adelante fueron determinantes.
El lunes 7 de septiembre, mientras dormías, te fuiste con mamá. Es lo que querías. Decías que con casi 94 años, ya estaba todo hecho. Pensabas que tu dios se había olvidado de tí.
El último año fue muy malo, una montaña rusa continua. Es cierto que debemos agradecer tu longevidad, que casi hasta el final tuviste buena calidad de vida, que pudiste ver a tus hijos mayores, ver crecer a tus nietos, e incluso tener una bisnieta, pero porque no un poco más?
Todo pasa demasiado rápido.
De pequeño te veíamos poco, trabajabas muchas horas para sacar adelante nuestra familia. Mamá se encargaba de casi todo, pero siempre me sorprendió tu capacidad de decir y cerrar una conversación con la mirada o con pocas palabras, sin vuelta de hoja. Inapelable. Es algo que siempre he querido imitar, sin llegar a conseguirlo.
Aquellos domingos en el 850 con la tortilla, apretujados en el asiento de atrás, un baño en Comillas y comer en el Monte Corona. Como te gustaban las cosas sencillas de la vida. Si, tu anécdota de los forzudos en silla de ruedas, perdurará.
El parque de Alceda. El Alto de Palombera. Comer donde Pepe el de Fresneda. El Saja, el Cambillas, la Punvieja. El helado de Conchita.
Los años fueron pasando. Los partidos del sábado noche, los dos juntos, no dejabas de criticar a todos, desde los futbolistas, al árbitro pasando por los comentaristas. Te vas, dejando al Racing en todo lo alto.
Las partidas de cartas después de comer, el ritual anual para colocar el belén, el repaso al periódico, tus crucigramas. Con que gusto me preguntabas por mis rutas corriendo por Cantabria. Me ponías retos, que subiera a tal o cual sitio. Volvía después a contártelo, como si fuera un niño pequeño otra vez.
La marcha de mamá fue abrumadora para todos, letal para ti. Cada vez que iba a casa, pasados varios meses, te veía un poco peor.
Se acabó, no estáis, a mis 58 años no solo es que sea huérfano, también me siento desamparado. Por muchos años que se cumplan, los padres siempre son el lugar seguro donde volver, a quien llamar o preguntar, aunque luego tomes una decisión distinta, quizás errónea. Los padres son tu casa, tus recuerdos, tu niñez, lo único inmutable. Hasta que nos quedamos solos.
Se rompe el más estrecho vínculo con Cantabria, eras la razón de volver una y otra vez. Volveré, a mi mar, mis valles, mis recuerdos, pero ya serán viajes nostálgicos, hasta el retorno final a la Primera de El Sardinero.
Nos toca tomar el testigo con nuestras hijas.
Vale, haré como que creo que ahora estáis juntos, que nos estáis viendo, que nos esperáis. Si esa fue vuestra fuerza y vuestro consuelo, solo me queda envidiaros por el convencimiento.
En Hijas os reposáis juntos, entre vuestras montañas, a mitad de camino entre Toranzo, Puente Viesgo, Corrobárceno y Ontaneda.
Os vais, pero no del todo, vuestro recuerdo seguirá a nuestro lado. Cuando nos sentemos a la mesa, como hicimos tantas veces, os recordaremos y reiremos haciéndolo. Las manzanas asadas también se van contigo.
Veo fotos tuyas de hace 80 años o más. Y me guiñas un ojo. "Nachín, la vida pasa muy rápido".
Aquel niño con mirada traviesa, el adolescente con pelazo o el joven zalamero que miró ese 1 de septiembre de 1957 a una chica asomada al balcón de su abuela en Hijas, con la que un año y medio después fundaste nuestra familia, pensaría, como lo hice yo hace décadas, que la muerte es algo lejano, que no nos atañe, que eso les pasa a otros. Nos equivocamos. Llega y lo único importante serán los recuerdos acumulados.
Intentaré que os sintáis orgullosos de vuestro hijo, vuestras hijas, vuestros nietos, que vuestro recuerdo esté presente y cuando toque, dentro de mucho, espero, vengáis a darme tranquilidad, paz y la mano para el último viaje.
Gracias papá, viajarás siempre conmigo. Te quiero. Os quiero. Os queremos.

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